miércoles, 4 de diciembre de 2013

¡No hay justicia!

Me interesaba saber dónde se podía encontrar a la Justicia en esta gran nación, así que cogí el primer tren hacia la capital y nada más llegar a la estación terminal y apearme del vagón, pregunté a uno que pasaba por el andén dónde se encontraba el Ministerio de Justicia. Me dio unas instrucciones no muy precisas: – Pues no sé. Esta es la capital, ¿no? Debe haber ministerios para un montón de cosas. ¡Ha llegado usted al lugar adecuado! Ahora bien, el de Justicia... creo que tiene que salir hacia la calle... no, ese es el de Agricultura. El de Cultura se lo diría de mil amores porque tengo un pariente que trabaja ahí y sé perfectamente cómo ir... ahora bien, el de... ¿cuál dijo? Recordé al atento caballero que se trataba del de Justicia. – Pues debe haberlo. Para la Justicia, debe haberlo. Si lo hay para la Cultura, o para el Deporte, que creo que lo hay, ¡no lo va a haber para la Justicia! Déjeme que piense... ¡Ya sé! Siga a un juez. Antes o después le llevará al Ministerio de Justicia. – Pues no lo sé. Creo que normalmente andan por los juzgados. – Puede ser. En fin, buena suerte. – Gracias. Y con eso, salí de le estación siguiendo una señal de taxis; me subí al vehículo que esperaba en la parada y le dije al taxista: – Caballero, si es usted tan amable, lléveme al Ministerio de Justicia. – Naturalmente, - respondió, y decirlo y arrancar fue todo uno. Condujo el vehículo con gran profesionalidad y eficiencia hasta que, con cara de circunstancias, se quedó mirando un gran edificio en cuya entrada un gran cartel decía: Ministerio de Economía. Se rascó la cabeza un buen rato. – Yo juraría... - dijo al fin. Pagué la carrera y me bajé del taxi. Fui hacia la entrada del Ministerio de Economía. Pensé que ahí dentro la gente estaría mejor informada. Al ver mi intención de entrar, un guardia me dijo que no podía entrar ahí. – Sólo quería una información... – ¡Aquí no se informa! - fue la respuesta del uniformado. - Vaya al Ministerio de Información. Este es el de Economía. – Tan sólo quería saber cómo llegar al Ministerio de Justicia, - aclaré. – ¡Hombre, muy bonito! - respondió el guardia. - Pretende que le informe, sin ser yo funcionario del Ministerio de Información, y para colmo quiere que le informe ¡sobre el Ministerio de Justicia! Pues vaya usted al Ministerio de Información. O directamente al de Justicia. Pero no me haga perder el tiempo a mí, que bastante tengo con vigilar que estos señores de dentro – y al decir esto señaló el Ministerio, que por cierto no parecía muy animado – puedan hacer su trabajo. – ¿Hay alguien ahí dentro? - pregunté. – ¡Naturalmente que hay alguien! ¡Y ya le he dicho que no me haga perder el tiempo! ¡Adios! Desmoralizado, me alejé del ministerio y vagué por la ciudad. En un momento dado empecé a fijarme en los nombres de las calles, por si acaso me encontraba casualmente con la Calle de la Justicia. Las vías más parecidas que encontré fueron: la Calle de la Novicia, la Avenida de la Sevicia, el Paseo de Patricia, el Barrio de la Inmundicia y hasta una calle ficticia. Creí que me acercaba a mi destino cuando leí un cartel medio tapado por un árbol que decía “Calle de la Equi...”. Pensé “¡Ajá! Sin duda la equidad es algo muy cercano a la justicia, debo estar cerca”. Por fin pude leer el resto del cartel: “...tación”. La equitación, si bien es una actividad sana y noble, nada tenía que ver con mi propósito. Me iba desanimando más y más: la justicia no aparecía por ningún lado. Vi mendigos sentados entre cartones, pidiendo... pero ninguno pedía justicia, sólo dinero. Y tampoco pedían el dinero “por justicia”, sino tan solo “por caridad”. Me encontré con una pareja de policías y les pregunté por la justicia. - ¿La justicia? – respondió uno de ellos. – No la he visto. Y llevamos aquí un buen rato, vigilando. - Eso es, llevamos un buen rato, - dijo el otro, - pero no buscábamos eso que usted dice. Quizá haya pasado por aquí y no nos hayamos dado cuenta. - No lo creo, - respondió el primero, - Pero mire, ahí vienen otros compañeros, que quizá la hayan visto. Efectivamente, otra pareja de policías se acercaba, así que les pregunté a ellos. - ¡Pero hombre! – dijo uno - ¿Cómo quiere que hayamos visto a la justicia? ¿No dicen que es invisible? - No, no… - le corrigió su compañero, - la Justicia es ciega… pero a ella sí se la ve. - Vaya… bueno, en cualquier caso no la he visto. - Yo tampoco. Hice un último intento: - Pero ustedes, como policías. ¿No es acaso su labor hacer que reine la justicia en nuestra sociedad? Los policías se miraron unos a otros. Estuvieron así un minuto, sin animarse a contestar. - Yo soy el más viejo, así que apenas me acuerdo de la academia… - contestó al fin uno de ellos, y luego añadió, dirigiéndose al más joven: - tú debes acordarte, ¿no? - Pues… - respondió el aludido – A ver, deja que recuerde: “Como agente de policía, tu labor consistirá en mantener el orden”… eso es, ¡el orden! - ¿Y nada más? – pregunté, decepcionado. El policía joven se rascó la cabeza y dijo: - “Como agente de policía, tu labor consistirá en mantener el orden y…” y… no sé qué de las leyes. - ¿Pero no son acaso las leyes una forma de codificar la justicia? – insistí. - Sean lo que sean, - respondió el policía viejo, - a nosotros nos las dan hechas. E hizo con la mano un gesto elocuente que me indicó que ya les había hecho perder demasiado tiempo y debía seguir mi camino. Eso fue exactamente lo que hice. No sé cuánto tiempo estuve caminando sin rumbo. Me fui alejando de las calles más céntricas, pensando que si la justicia era tan difícil de encontrar seguramente estuviera desterrada a algún barrio de las afueras. Entonces, de repente la vi. Iba caminando por una calle residencial, vestida con una toga. Llevaba una balanza en una mano y una espada en la otra. En la cara llevaba una venda, un poco apartada de los ojos para no tropezar por el camino. ¡Era ella, sin duda! El detalle de la venda mal colocada, pensé, se le podía perdonar porque hasta la justicia a veces tiene que tener cuidado con dónde pisa. Emocionado, la seguí un rato hasta que llegó a una casa en la que se oía música. Llamó a la puerta y esperé a una distancia prudente, pues quería averiguar qué le traía a este lugar a tan importante dama. Al poco rato, se abrió la puerta y salió de la casa un pirata con pata de palo, parche en un ojo, mano de gancho y sombrero negro de pirata con las tibias y la calavera pintadas en blanco. Esto me confundió, pues no sabía qué podía querer la Justicia con un pirata. No sabía qué hacer. Por un lado, estaba tan cerca de aquello que había venido a buscar que no me decía a irme de allí; por otro lado, los piratas me dan mucho miedo. No mejoraron las cosas mientras me decidía a hacer algo, pues al poco rato llegó un fantasma vestido con su sábana, un misterioso vampiro que venía escondiéndose entre las sombras, Atila, el rey de Hunos, que (por suerte para el dueño de la casa, que tenía un jardincito delante) no venía con su caballo, un hombre lobo y el monstruo de Frankenstein. Llegó por fin un juez, lo cual me infundió valor, pues pensé que por fin la Justicia tendría con quien aliarse. “Éste es el momento”, me dije a mí mismo mientras me acercaba a la puerta. Llamé al timbre y enseguida se abrió la puerta y vi al pirata. Se quedó mirándome, extrañado. – ¿Quién te ha invitado? - preguntó. Tuve que hacer de tripas corazón, pues a pesar de la presencia de la Justicia y el juez, estar cara a cara con un pirata no dejaba de ser una experiencia aterradora. Respondí con voz temblorosa: – No he sido invitado. Sólo quería ver a la Justicia... si no es molestia, señor pirata. Aunque no pensé haber dicho nada gracioso, el pirata se echó a reír a carcajadas, y luego gritó hacia el interior de la casa: – ¡Alicia! Le respondió una voz que parecía un tanto ebria: – ¿Qué quieres? – Mira, que hay aquí alguien que quería hablar con la Justicia. – ¿Y a mí que me cuentas? De nuevo se rió el pirata. Cuando hacía eso, no parecía un pirata, pues no era una risa cruel como la de los lobos de mar, sino que parecía auténticamente divertido. La conversación continuó así: – ¡Tu disfraz, mujer! Vas de Justicia. – ¡Qué va! Voy de Diana, la diosa romana de la caza. – ¿Para qué quiere una balanza la diosa de la caza? – Pues... para pesar las liebres... o las perdices... – ¿Y la venda? – ¡Y yo qué sé! ¡Anda, ven, que vamos a bailar! En ese momento, el anfitrión de la fiesta de disfraces (pues a estas alturas ya había deducido que de eso se trataba) me cerró la puerta en las narices. Me alejé de allí cabizbajo, al fin convencido. Miré mi reloj y pensé que aún me daría tiempo de coger el último tren para volver a casa. “En caso de que no hayan cambiado los horarios, la estación siga en el mismo lugar, mi casa siga siendo mi casa... porque ¿en qué se puede confiar?”. Sin embargo, la estación seguía en el mismo lugar, los horarios eran los de siempre, y cuando llegué a mi casa, seguía siendo mía. Mi esposa me esperaba, aún despierta a pesar de la hora. Saludé con poco entusiasmo, y ella se quedó mirándome, esperando a que dijera algo. – Tenías razón – dije a regañadientes. - No la hay. – Ya te lo decía yo.

2 comentarios:

  1. Bueno, pero animate que aunque no hay justicia hay ajusticiamientos y eso ya es algo

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    1. Sí, ajusticiar siempre me consuela una barbaridad.

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