sábado, 31 de agosto de 2013

"Cuanto más conozco a la humanidad..."

"...más quiero a mi perro". He aquí una de esas frases* que se repiten a menudo y con las que no estoy de acuerdo. Me pasa lo mismo con otras: "políticamente incorrecto", "puede gustar o no, pero a nadie deja indiferente", etc. En general, no es la frase en sí lo que me molesta, sino el contexto, a qué se refiere o la intención con la que se usa.

En cuanto a la frase con la que comienzo, no tengo nada en contra de que alguien que tiene un perro quiera mucho a su perro, que valore ciertas cualidades de su perro, o incluso que prefiera a su perro a las personas. Cada cual tiene sus preferencias y no soy nadie para rebatirlas. Lo que me parece más problemático es que quien dice la frase suele referirse a ciertas cualidades de su perro (o de los perros domésticos en general) que echa en falta en los seres humanos, y que en mi opinión no son tan positivas como pueden parecer a primera vista. Concretamente, suelen ensalzar la fidelidad, el cariño incondicional, la abnegación...

En definitiva: parece que hay quien reprocha a los seres humanos su falta de sumisión. En definitiva, si hablamos de la fidelidad de un perro hacia su amo, ni siquiera estamos refiriéndonos a una cualidad de la especie, sino de algo que es propio de los animales domesticados. Pues bien, yo celebro que la humanidad no haya sido aún domesticada.

Al fin y al cabo, el ser humano sí es capaz de fidelidad, de abnegación, etc., pero son cosas difíciles de encontrar y de mantener. Así es como debe ser. Y el cariño, ¡ay! no suele ser incondicional. Porque, al fin y al cabo, el ser humano es egoísta, cualidad irrenunciable para nuestra libertad y nuestra dignidad. Sé que hay quien deplora el egoísmo como el peor defecto del ser humano. Quien así piensa suele usar, consciente o inconscientemente, la siguiente definición del genial Ambrose Bierce:

Egoísta: dícese de aquel que piensa más en sí mismo que en mí.

En definitiva: quiere a tu perro, ¡pero deja a las personas ser personas!



* Generalmente se atribuye a Pascal, aunque ignoro si es apócrifa.

miércoles, 19 de junio de 2013

Pollos

El agente Fernández entró en el despacho y dijo:
  • Buenos días, inspector.
Se dejó caer en la silla frente al escritorio del Inspector Corral. Éste iba a decirle que se sentara, naturalmente, pero Fernández no esperó, como era su costumbre. Se limitó a frotarse la zona lumbar como para excusar su prisa.
  • ¿Algo nuevo acerca de los asesinatos? - preguntó el inspector.
  • Bueno... poca cosa – contestó Fernández. - Sigo pensando que es un solo autor, pero el método es tan básico que no da muchas pistas. Heridas de arma blanca que pueden corresponder a un cuchillo de cocina, el tipo ha tenido cuidado de no dejar huellas y no dejarse ver... en fin, poca cosa. En cuanto a las víctimas...
  • ¿Alguna relación entre ellas? - interrumpió el inspector.
  • No... - dijo Fernández – Bueno... sí. Poca cosa. Casi nada, de hecho. Sólo hemos podido relacionarles en algo mínimo, que bien puede ser una casualidad. Poco antes de los hechos, cada uno de ellos había cenado en el Chicken Emporium, un lugar...
  • ¿El sitio ese donde sirven un pollo frito auténticamente pésimo? - volvió a interrumpir el inspector. - ¿Uno que está en …? - e indicó una dirección.
Fernández asintió y continuó:
  • Es un lugar al que va mucha gente, así que no es una gran pista... y a mí, por cierto, sí me gusta.
  • Yo fui una vez... se empeñó mi mujer - dijo el inspector. - En realidad, no me gusta el pollo. Creo que es un símbolo de la decadencia de la civilización occidental. Uno puede comer un filete de vaca y sentirse orgulloso de pertenecer a una especie que está en lo más alto de la cadena alimenticia. Pero comerse un indefenso pollo...
  • Ya, - dijo Fernández, - sin embargo, tampoco el filete se defiende mucho cuando compra la bandeja en el supermercado, y al comerlo, como mucho, puede estar un poco duro, pero si la carne es buena y se cocina correctamente...
  • No me entiende, Fernández... - respondió el inspector – Yo he matado muchos pollos, ¿sabe? Figuradamente unos cuantos, pero sobre todo literalmente. De niño vivía cerca de una granja, y mi madre los compraba vivos. No siempre me tocaba a mí, claro... Lo que pasa es que mi padre se hartó pronto de la tarea, mi madre no quiso saber nada y mi hermano era un inútil, así que casi siempre era yo quien les retorcía el pescuezo... En fin. ¿Vamos al emporio ese?
Fernández asintió. No creía que sacaran nada en claro, pero no faltaba mucho para la hora de comer.

Cuando llegaron los dos policías al restaurante, les saludó un simpático pollo del tamaño de un ser humano y color amarillo brillante:
  • ¡Bienvenidos al Chicken Emporium!
El Inspector Corral le lanzó una mirada despectiva y preguntó:
  • ¿A quién se la ha ocurrido la idea de que ser recibidos por un pollo parlante va a incitar a los clientes a comer pollo?
El pollo parlante se encogió de alas y se hizo a un lado.

Los dos policías interrogaron a los empleados uno por uno en el despacho del propietario. No parecían saber nada ni conocer a las víctimas. Algunos recordaban haber visto a alguna de ellas en el restaurante, otros o no lo recordaban, o no les habían visto. Nada hacía sospechar que estuvieran mintiendo. Le llegó el turno al pollo parlante, que entró en el despacho con la cabeza de pollo bajo el brazo. Al ver esto, el Inspector Corral de pronto sintió unas nauseas insoportables. Manteniendo la compostura lo mejor que pudo, dijo al agente Fernández:
  • Ya sabes como va esto. ¿Te haces cargo? Voy a tomar el aire.
  • Cómo no – respondió Fernández, aunque no le apetecía ocuparse él solo del interrogario.

El Inspector Corral fumaba un poco apartado del restaurante y ya casi había logrado olvidarse de la visión del pollo parlante descabezado, cuando vio salir a Fernández, que curiosamente sonreía satisfecho y llevaba al hombre que había sido ese pollo (y seguía siéndolo en parte, sólo que ya no llevaba la cabeza) esposado. Sin la cabeza daba un poco menos de impresión, aunque el inspector no dejó de tener una pequeña arcada. Se acercó mientras Fernández metía al detenido en coche.
  • Pero bueno, Fernández, - dijo. - ¿Qué ha pasado?
  • Es nuestro hombre, inspector – respondió con orgullo – Lo ha confesado todo. Al parecer, las víctimas, cuando estuvieron en el restaurante, se burlaron de su grotesco disfraz, y esto le sentó tan mal que, más tarde, averiguó el domicilio de cada una de ellas, las encontró, las espió durante unos días para decidir el momento más oportuno, y las mató. Siempre igual y por el mismo motivo. Sólo un autor, como sospechaba. Caso cerrado.
El inspector miró al detenido a través de la ventanilla. Le habría gustado que Fernández le hubiera dejado cambiarse, y no precisamente porque fuera a dejar el asiento del coche lleno de plumas amarillo chillón. Sintió mucha lástima por el tipo. No comprendía del todo que hubiera llegado al asesinato, esa era una comprensión que casi siempre se le resistía, pero pensaba que realmente aquel trabajo de ser el pollo parlante era una porquería de trabajo. “Pobre pollo amarillo chillón, pobre mascota ridícula de un restaurante cutre”. Ya no sentía nauseas ni arcadas... sólo un gran cansancio. “¡De un restaurante de pollo!”, añadió para sus adentros.
  • ¿Puedes llevarlo a la comisaria? - dijo por fin en voz alta. - Creo... creo que no me siento muy bien. Necesito dar un paseo.
  • Está bien, jefe, - respondió Fernández.

Aquella tarde el inspector no volvió por la oficina. Se le vio bebiendo en algunos bares de la zona, cosa que no solía hacer, y nadie sabe a qué hora volvió a casa. Se rumorea, aunque nadie ha podido probarlo, que pudo tener que ver con el incidente ocurrido esa misma noche en una granja de pollos cercana, donde alguien saltó la verja, forzó la cerradura del corral, y dejó sueltos (según los cálculos del propietario de la explotación) a unos cuatro mil pollos, la mayor parte de los cuales fueron hallados en las inmediaciones de la granja al día siguiente.

lunes, 6 de mayo de 2013

Joder con los partidarios del centralismo

http://politica.elpais.com/politica/2013/05/03/actualidad/1367606811_475357.html

Titular: Los partidarios del centralismo se disparan en las comunidades del interior

Joder, pues menos mal que son las comunidades del interior y no el Salvaje Oeste... ¡mira que liarse a tiros!

En fin, Gran Jefe Indio (no partidario del centralismo, por cierto) de la pradera castellana llamada por rostro pálido "comunidades del interior" decir a Gran Redactor Jefe, Gran Corrector o a quien corresponda que no haber tantos tiros en dicha pradera y que mejor titular ser "Número de partidarios del centralismo dispararse en comunidades del interior". Jau.

martes, 30 de abril de 2013

Happy End

Yo siempre había querido un gatito y cuando me dieron un huevo de gatito lo cuidé y lo di calor y lo quise. Cuando salió del huevo un perrito y no un gatito, me eché a llorar. Luego caí en la cuenta. ¿Desde cuándo los mamíferos nacían de huevos? Pero ya no había nada que hacer. Ya todos nacíamos de huevos, y las vacas se suicidaban en las autopistas poniendo sus patinetes a 140 km/h, y las rosas se marchitaban a horas fijas, nadie respetaba a las manzanas y los mayores ya no olían, y ya era absolutamente imposible encontrar anacardos (aunque eso a nadie le importaba mucho, no sé por qué me he acordado de los anacardos), y bueno, ya nada se podía hacer.

Fui a ver a Carmen y le enseñé mi perrito que debía ser un gatito, y me dijo que así era la vida y que poco se podía hacer. Me ofreció anacardos para consolarme. Y yo me pregunté desde cuando Carmen me consolaba con anacardos en lugar de ofrecerme una copa y luego el dulce calor de su cama, pero ya no había nada que hacer. Carmen ya no ofrecía su cuerpo goloso a los caballeros cuitados, yo sólo podía esperar anacardos de la vida, los dioses se habían rebajado hasta el punto de presentarse a las elecciones, y ya no había autoridad en las calles, y los recuerdos se volvían amarillos y se llenaban de polillas, y el anticiclón de las Azores estaba roto, y no había nada, absolutamente nada que hacer al respecto. Salí de casa de Carmen con el perrito bajo el brazo, y me alejé hacia el horizonte.

Una cuadra antes de llegar al horizonte, me paró un guardia y me dijo que ese perro no podía llevarlo por la calle sin correa. Yo me pregunté desde cuándo había autoridad en las calles, y me eché a llorar. Entonces el guardia se compadeció, y para consolarme empezó a desabrochar los botones de la chaqueta del uniforme, y luego empezó a desabrochar los botones de la camisa del uniforme, y luego emergieron a la radiante luz del sol un par de magníficos pechos, redonditos y juguetones. Me sequé las lágrimas y le dije gracias señor guardia. Y él me preguntó si quería ir a su casa y yo dije que sí. Y me preguntó si quería una copa y el dulce calor de su cama, y yo dije ¿Carmen? Y ella contestó, sí, ya todo volverá a ser como siempre, y hasta el perrito maulló un poco para complacerme.

lunes, 25 de febrero de 2013

Discurso ante una tumba

Si las prisas, caminante
que por este pueblo pasas,
no te llevan, como suelen,
a carrera o en volandas,
frena tus pasos por dar
ocasión a tu mirada
a posarse un solo instante
en lo que éste te señala:
¡Mira pues, con atención
que no será defraudada,
algo que a primera vista
ni maravilla ni espanta!
Pon tu vista, da tus ojos
y tu atención a esta lápida
que de no advertirte yo
ni advirtieras ni miraras.
Por su hechura parecida
se camufla entre otras tantas,
su materia es una piedra
ni muy buena ni muy mala
y las letras que algún día
algún grabador grabara,
las que aquí puedes leer,
dicen poco y mucho callan.
“Don Alonso”, pues, comienzan,
cierto que no es cosa rara
que comiencen por el nombre
letras en mármol grabadas.
Si “Quijano” dicen luego,
está claro que se trata
del apellido, según
la fórmula acostumbrada.
A esto siguen unas fechas
(un poquito ya gastadas)
un lacónico Requiescat
In Pace y después ya nada.
Lo que el mármol se ha callado,
si bien el nombre declara,
es que por otro llamaron
al que en paz, dice, descansa.
Calla la piedra otras cosas
pero habrá que perdonarla
pues la piedra, ya se sabe,
de natural es callada
(que si fuera cantarina
como es en el río el agua
acaso nos contaría
muchas cosas en cascada).
¡Tantas cosas sin decir
(por pereza o ignorarlas)
se dejó aquel grabador
que si yo te las contara
a la mitad del relato
nos crecería la barba
y sin haber terminado
ya se habría vuelto blanca,
por no decir que tendría
(a la fuerza y no por ganas)
que dejar métrica y rima
a su suerte abandonadas!
¡Cuántas gratas desventuras,
cuántas amargas hazañas,
cuántas locas sensateces,
cuántas sensatas insanias!
No nos cuenta que estos huesos
sostuvieron mil batallas
ni que ganaron las más,
si la cuenta no me falla,
ni que antaño en ese cuerpo
del que queda la constancia
(poco más, según sospecho
aunque no abriré la caja)
en ese cuerpo que digo,
cuando en él vivía un alma
tanta grandeza cabía
como poca carne estaba.
Y si calló lo que fue,
no es extraño que no hablara
de lo que un día faltó
y desde entonces nos falta.
¡Cuántos malos sin castigo
y pobres sin esperanza,
injusticias sin remedio
y viudas desamparadas!
Desde que falta aquel brazo
poderoso que amparaba
a los débiles y buenos
por las buenas o las malas,
el pez grande come al chico
(si se admite la metáfora)
y con fuerzas desiguales
cada cual se las apaña:
el soberbio crece tanto
que supera las montañas
y el humilde, resignado,
lleva la cabeza gacha,
el honesto es un bufón
es alabado el canalla,
el honor está perdido
y la vergüenza ignorada,
la Justicia de su venda
los ojos desembaraza
para ver con qué dineros
le calibran la balanza
(aunque luego se la pone
por no ver cómo se escapa
el culpable sin castigo
y sin rubor en la cara),
la Razón es temerosa
y razones no le faltan,
que por fuerza ha de asustarse
de la Fuerza que la ataca,
la Verdad guarda silencio
y la Mentira no calla,
la Virtud está escondida
y la Maldad desatada.
¡Cómo duele comparar
esta edad con la pasada
en que un hombre aún podía
echarse el mundo a la espalda,
ser valiente, caminar
cuanto el orbe se dilata
y hacer valer su bondad
con su lanza y con su espada!
Perdone si me despierta
el recuerdo la añoranza
y me derramo en discursos
como los ojos en lágrimas
pero al pasar por aquí
y ver mi suerte enterrada
el dolor del corazón
se me sube a la garganta.
¡Mira de nuevo esas letras
tan pobres y tan escasas
leyendo no lo que muestran
sino también lo que tapan!
No nos dicen esas pocas
desangeladas palabras
ni la suerte que tuvimos
ni lo presto que se acaba,
ni que la fecha postrera
que en la piedra está trazada
falleció de pronto todo
cuanto grande hubo en España.
Pues te aseguro y es cierto
que esta tumba en sí acapara
los restos del caballero
Don Quijote de la Mancha.
Y si alguno le pregunta,
o lo duda o le reclama
dígale que lo contó
quien lo sabe, y eso basta
(y si no basta le dice,
por dejar las cosas claras,
que esta historia se la cuenta
el bueno de Sancho Panza).

viernes, 22 de febrero de 2013

Ratas

-          Malditas ratas inmundas...

Sí, somos ratas, inmundas, si usted quiere, pero victoriosas. Crueles y cobardes, quizá, pero eso no significa nada; al menos, no para nosotras. Al fin y al cabo, somos ratas.
Puede describir con espanto nuestra rutina, pero ese espanto tampoco significa nada para nosotras. El espanto es un paso previo a la muerte, y nosotras somos inmortales. Usted morirá, pero nosotras no. Por supuesto, somos animales y los individuos mueren, pero a quién importan los individuos. Nosotras, ratas indiferenciadas, no morimos. Somos un rumor, una presencia que inquieta la oscuridad, y no morimos. Al revés, nos vamos haciendo más fuertes, siempre más fuertes. La manada crece.
Somos una especie protegida. Nos protegen nuestros afilados dientes y nuestro gran número, que aumentamos constantemente copulando con eficiencia, sin los espasmos y desvaríos de otras especies.
Somos ratas sanguinarias, sí. Llega el día y volvemos a nuestras cloacas con los hocicos manchados de sangre. La oscuridad (que incluye los infinitos laberintos de las cloacas y la infinita noche) es nuestro territorio, y si alguien se extravía en él, o viene a plantarnos cara, no se encontrará con una de nosotras sino con todas nosotras. De pronto se verá rodeado por un círculo de ratas, y antes de que pueda reaccionar otro círculo rodeará al primero, y otro a éste, y así hasta donde llega la vista. Siempre somos más de las necesarias. No escatimamos en números cuando tenemos delante una futura víctima. Es lo único en lo que somos pródigas: nos gusta esa sensación de seguridad que nos permite exacerbar nuestros instintos feroces.

Los hay que llegan y plantan cara a la manada creyéndose más valientes (uno solo contra todas esas ratas) pero en realidad no son valientes. Los hay que llegan creyéndose mejor que nosotras y gritan "Sucias, asquerosas ratas". Pero no son mejores. No, no son ninguna de esas cosas. Son comida. Comida para ratas, eso son. Son regalos que nos envían esas ratas que viven más allá de las azoteas, esas que cada día matan al sol y por la noche vuelven a sus cloacas, en lo más profundo del cielo, con los hocicos manchados de crepúsculo.

lunes, 21 de enero de 2013

Estaba yo pensando...

...si Bárcenas llevaba los sobres a la sede de Génova 13... pero luego allí nadie recibía sobres...

¡Tate!

¡Me voy p'allá, que andarán por ahí tirados!