viernes, 25 de octubre de 2013

Quién nos manda las lluvias

En este día lluvioso, me acuerdo de un irlandés que me contaba hace tiempo que, de pequeño, cantaba la siguiente canción infantil junto con sus rubios y pelirrojos (supongo) amigos:



Rain, rain, go to Spain,
come again another day.
Rain, rain, go to Spain,
little Johnny wants to play.
Rain, rain, go to Spain,
never show your face again.

(Lluvia, lluvia, vete a España,
vuelve de nuevo otro día.
Lluvia, lluvia, vete a España,
el pequeño Johnny quiere jugar.
Lluvia, lluvia, vete a España,
nunca vuelvas a mostrar tu rostro)

No llegué a preguntarle si era consciente de que en realidad nos hacían un favor mandándonos la lluvia, pues aquello de lo que ellos (es normal) pueden llegar a estar hartos, a nosotros no nos sobra. Supongo que mayormente querrían librarse de algo que consideraban molesto, y considerarían que España está lo bastante lejos... pero no descarto que hubieran oído hablar por aquellas latitudes de la "pertinaz sequía". Por lo tanto, gracias, amigos irlandeses, por este agua que fertiliza nuestros campos y calma nuestra sed.

(Por cierto, amigos, quizá la canción sería más eficaz si no confundierais a la lluvia: o dices que vuelva otro día, o que no vuelva a mostrar su rostro, porque según está es un poco contradictorio).

lunes, 16 de septiembre de 2013

Niño Cualquiera

Érase una vez un niño cualquiera.

–                    ¡Eh!

¿Qué quieres, niño?

–                    No soy un niño cualquiera.

¿Ah no? ¿Y quién eres?

–                    Soy Niño Cualquiera, el protagonista de tu cuento.

¿En qué quedamos? ¿Eres o no eres un niño cualquiera? En fin, ¿quién eres? Tendrás un nombre...

–                    Niño Cualquiera. Niño de nombre y Cualquiera de apellido. Como en el título.

¡Ah! Es verdad, se me había olvidado. Érase una vez Niño Cualquiera, un niño con un gran afán de protagonismo. Él siempre decía que lo único que quería era ser reconocido por sus actos, pero en realidad le gustaba mucho llamar la atención. ¿Quién puede saber los motivos de tal conducta? Quizá, cuando era bebé y lloraba pidiendo el pecho a su madre, ésta le ignoró, pues justo en ese momento ofrecía (tan generosa como mezquina con su propio vástago) el objeto de deseo a un señor que, ya fuera butanero, electricista, amante bandido o legítimo esposo y padre de la criatura, hacía varias décadas que comía sólido y por lo tanto no estaba tan necesitado de la nutritiva leche materna como el pobre lactante abandonado a su suerte. O quizá por la misma época su padre, al ver que su retoño había ensuciado los pañales, dijo “voy a cambiar al niño” y efectivamente bajó al parque y le cambió por otro niño que allí jugaba, dejándole traumatizado para toda la vida a pesar del cariño con que lo acogió su familia involuntariamente adoptiva. Todo esto no son más que suposiciones: el caso es que el crío estaba necesitado de la atención de sus semejantes.

Al principio, lo intentó con las hazañas. Entonces, don Telesforo (pongamos por caso), mientras paseaba a su caniche una soleada tarde de domingo, se encontraba por la calle a doña Meningitis (nombre ficticio) y le decía:

–                    Dichosos los ojos, doña Meningitis, es un placer. ¿Ha oído las noticias? ¡Niño Cualquiera ha salvado a la patria de la invasión extranjera!

Y doña Meningitis (nombre ficticio), que en realidad no prestaba mucha atención a las palabras de don Telesforo (pongamos por caso) porque estaba pensando “este hombre es un viejo verde, ¡con qué descaro baja su vista (con el único fin de mirarme los pechos, lo cual no deja de ser comprensible pues aún están bastante bien) al inclinarse para saludarme mientras se quita el sombrero de copa!” o simplemente porque está un poco sorda, respondía:

–                    ¿Quién lo iba a decir, don Telesforo?

Y después doña Meningitis (nombre ficticio) iba a la frutería y decía a la dependienta:

–                    ¡Hola Conchita! Hay que ver cómo está el mundo. Un niño cualquiera ha salvado a la patria de la invasión extranjera.
–                    ¡Caramba! Un niño cualquiera. ¡Y el Ministro de Defensa a por uvas! Golfeando por ahí, seguro. Si es que no sé dónde vamos a parar.
–                    Chica, qué quieres que te diga, yo ya no entiendo nada de nada. ¡Ay Señor, dame fuerzas! En fin, ¿qué tal salen estos melocotones?
–                    ¡Uy, buenísimos, te lo aseguro!
–                    Pues ponme tomates...

Y así. Aunque, reconozcámoslo de una vez, no fueron igual de acertadas todas sus tentativas (por ejemplo, habiendo ya salvado a la nación de la invasión extranjera, salvar a la Cristiandad de las hordas infieles o a la Tierra de la amenaza extraterrestre fueron proezas un tanto repetitivas), hay que decir que el muchacho se esforzaba, sin obtener nunca el resultado deseado.

Más tarde, Niño Cualquiera, ante su falta de éxito, probó con las trastadas.

–                    ¡Niño Cualquiera ha tirado al Presidente del Gobierno por uno de los retretes de los baños de chicos! – decía, indignada, la profesora al jefe de estudios, - El bedel se ha pasado dos horas arreglando el atasco y ya sabes lo mal que me llevo con la fotocopiadora. Así no hay quien trabaje y como no hagamos algo, me voy a tener que dar de baja.
–                    Déjemelo a mí, que yo sé lo que hay que hacer en estos casos – respondía el interpelado y acto seguido se dirigía con paso seguro y decidido hacia el despacho de la directora en el que entraba sin llamar, diciendo a voz en grito:
–                    ¡Un niño cualquiera ha tirado al Presidente del Gobierno por uno de los retretes de los baños de chicos!
A lo que respondía la máxima responsable de la respetada institución educativa:
–                    Angelito.
Y claro, nunca llegaba el castigo. Cuando la cosa era algo más grave, por ejemplo si había dicho un taco, la directora trataba de indagar un poco más:
–                    Un niño cualquiera, dices... Pero ¿cómo es ese niño cualquiera?
–                    Espere un momento, - decía entonces el esforzado jefe de estudios, que luego buscaba a la indignada profesora para preguntar:
–                    ¿Cómo es ese niño cualquiera tan lenguaraz?
Y la profesora se quedaba en blanco.

Porque Niño Cualquiera no es ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, no es guapo, pero tampoco llamativamente feo, y su pelo no es moreno ni rubio. Tampoco es castaño, y no, aunque a veces, según le dé la luz, puede parecer pelirrojo, en realidad... ¡Qué diablos! ¿De qué color es tu pelo, Niño Cualquiera?
–                    No me acuerdo. Y no tengo un espejo a mano.

No tardó mucho el protagonista de este cuento en darse cuenta de que su problema principal era el nombre, que daba lugar a equívocos. Por ello, cada vez que hacía algo reseñable, decía a quien pudiera oírle:
–                    ¡Que se sepa! ¡Esto lo ha hecho Niño Cualquiera!
Pero quien pudiera oírle siempre empezaba su relato de la siguiente manera: “¿Sabéis lo que ha hecho un niño cualquiera? Pues...”
Entonces, Niño Cualquiera, decidió ser más concreto:
–                    ¡Esto lo ha hecho Niño Cualquiera! Niño de nombre, Cualquiera de apellido.
Su testigo, en esos casos, contaba a sus amistades:
–                    El otro día me encontré con Niño Cualquiera y entonces...
Pero las amistades, ignorantes de que Niño Cualquiera era en ese contexto un nombre propio, siempre añadían el artículo indeterminado, por lo que en las siguientes ocasiones, nuestro protagonista trataba de dejar las cosas aún más claras:
–                    ¡Esto es obra de Niño Cualquiera, un niño concreto cuyo nombre de pila es “Niño” y cuyo apellido es “Cualquiera”, y agradecería que quien propagase la noticia hiciera hincapié en el hecho de que no se trata de “un niño cualquiera”, sino de alguien en particular!
Pero nadie se quedaba el tiempo suficiente para escuchar tan larga perorata, así que, mientras el pobre pronunciaba las palabras “niño concreto”, aquel a quien las dirigía ya se había ido a seguir con su vida, y quizá ya contaba a su cuñada lo que había presenciado hacer a “un niño cualquiera”.

Después de los hechos heroicos y las travesuras llamativas, Niño Cualquiera intentó llamar la atención con sus extravagancias (por ejemplo se hizo tropecista en un circo; no trapecista, que habría sido de lo más normal, sino artista de los tropiezos), sus anacronismos (se enroló en un barco pirata y surcó la mar ondeando la bandera de las tibias y la calavera), creando una secta (pero sus adeptos, claro, se confundían y acababan adorando a niños cualesquiera), sus escandalosos amoríos con personajes de la jet set y por último (ya a la desesperada, por si suena la flauta y de perdidos al río) trató de hacerse un buen nombre con honestidad y trabajo. Nada le sirvió. Pasaron los años, a pesar de las muchas penas y las muchas glorias, sin pena ni gloria.

Niño Cualquiera fue creciendo ni muy deprisa ni muy despacio. Cuando sus miembros se hubieron estirado hasta alcanzar un tamaño perfectamente anodino, maduró sin prisa pero sin pausa, y finalmente le tocó, como a todo hijo de vecino, envejecer a un ritmo prudente.

La ironía de esta historia es que al final, después de tanto intentarlo, logró lo que pretendía sin tener que hacer nada. Según crecía, maduraba y envejecía, fue llamando la atención de la gente más y más, pues aquellas personas a las que se informaba de que aquel era un niño cualquiera respondían con sorpresa “¡pues vaya niño más grande!” cuando tenía veinte años, con pena “¡pobrecito!” a los treinta, con escándalo “¡si parece un cincuentón!” por aquella década, y ya francamente indignadas “¡la culpa es de los padres!” al tornarse septuagenario. Así, logró por fin ser conocido, meterse incluso en la imaginación de un escritor cualquiera y acabar en este cuento. No es poco, ¿verdad, niño, digo Niño?

–                    Que te den.

jueves, 12 de septiembre de 2013

¿Cuatro descerebrados?

Ayer, como cuentan los periódicos, un grupo de fascistas intolerantes atacaron la librería Blanquerna (sede de la Generalitat de Catalunya en Madrid), donde se celebraba la Diada, lanzando gases lacrimógenos, causando diversos destrozos, agrediendo físicamente a los asistentes al acto y dejando tras de si cinco heridos, entre ellos una niña pequeña. Hoy, como seguramente también relatarán los diarios, cabe esperar la retahíla de condenas contra el acto bárbaro emitidas por las autoridades y líderes políticos con más o menos sinceridad según los casos. Hablarán de fascismo las izquierdas, de intolerantes que tiene que haber hasta en las mejores familias las derechas, se harán las oportunas detenciones con la diligencia (no nos engañemos) que exija la relevancia política del caso y seguramente (por lo menos desde Madrid) se tratará de proyectar la imagen de que el ataque es exclusiva responsabilidad de unos pocos violentos que nada tienen que ver con la sociedad en  la que conviven con una mayoría de buenos ciudadanos, pacíficos y tolerantes. Con ello se dará carpetazo al asunto y a otra cosa...

El problema es que no es cierto. El ataque, es cierto, es obra de una minoría violenta e intolerante repudiada (por violenta) por una sociedad mayoritariamente pacífica (pero no tolerante). Hemos llegado a un punto en el que a nadie puede extrañarle que pase lo que ayer pasó en la celebración de la Diada en Madrid. Tenemos una derecha (política y mediática) ultranacionalista que cada día utiliza el trapo rojigualda, ya sea con motivo de tensiones a causa del peñón de Gibraltar, de las decisiones del COI, o más a menudo de la iniciativa independentista de turno en Cataluña o el País Vasco, para excitar el ardor patrio y el victimismo de la población. Tenemos también una izquierda en muchos casos cómplice de estos discursos, o al menos tolerante con los mismos. Y tales ideas van calando en la población. Es fácil observar esto en infinidad de conversaciones casuales. No soy psicólogo y por ello no comprendo los mecanismos, pero millones de españolitos, efectivamente agredidos por poderes que no cuestionan, se sienten agredidos por la amenaza externa de nuevas conjuras judeomasónicas que ya nada tienen que ver con judíos ni con masones, sino más bien con los extranjeros "que tanto nos envidian" y con esos pérfidos y desleales separatistas que, ¡gran pecado!, no quieren ser españoles.

Y no es sólo eso. El problema es más hondo, pues tiene que ver con la idea de España que algunos tienen. Yo ya no me identifico con ninguna España, pero considero que las nacionalidades son conceptos lo bastante vagos como para aceptar que haya quien se identifique con el trapo rojigualda, quien con la senyera estelada o no, quien con la ikurriña, la bandera verde y blanca de Andalucía, el pendón rojo o morado de Castilla, etc. Sin embargo, la España en la que algunos creen, una España uniforme en costumbres, cultura y lengua, no es real, y sólo puede existir (aparentemente) a través de la violencia generadora de miedo, odio y sumisión, ya sea la perpetrada por los energúmenos que ayer irrumpieron en la librería Blanquernes, o la más reglada y ordenada (y por ello mucho más perversa) de las instituciones, la del Ejército que (de momento) está tranquilo pero vigilante por si tiene que sacar los tanques a la calle, la de los lóbregos calabozos donde a nadie importa que te den una hostia (o dos, o que te torturen, o que acabes inexplicablemente muerto) porque perteneces a un nebuloso concepto llamado entorno, la de las pelotas de goma y las porras... Ante esta España que de tal manera debe imponerse, pues por las buenas jamás va a existir, no es extraño que muchos quieran independizarse. No sólo catalanes o vascos. ¡Yo mismo siento repulsión y asco, yo mismo quiero ser independiente de esa España! Pero los primeros que deberían independizarse de ese país tenebroso son aquellos que aún sientan como propia la bandera de España... y tengan un poco de decencia.

sábado, 31 de agosto de 2013

"Cuanto más conozco a la humanidad..."

"...más quiero a mi perro". He aquí una de esas frases* que se repiten a menudo y con las que no estoy de acuerdo. Me pasa lo mismo con otras: "políticamente incorrecto", "puede gustar o no, pero a nadie deja indiferente", etc. En general, no es la frase en sí lo que me molesta, sino el contexto, a qué se refiere o la intención con la que se usa.

En cuanto a la frase con la que comienzo, no tengo nada en contra de que alguien que tiene un perro quiera mucho a su perro, que valore ciertas cualidades de su perro, o incluso que prefiera a su perro a las personas. Cada cual tiene sus preferencias y no soy nadie para rebatirlas. Lo que me parece más problemático es que quien dice la frase suele referirse a ciertas cualidades de su perro (o de los perros domésticos en general) que echa en falta en los seres humanos, y que en mi opinión no son tan positivas como pueden parecer a primera vista. Concretamente, suelen ensalzar la fidelidad, el cariño incondicional, la abnegación...

En definitiva: parece que hay quien reprocha a los seres humanos su falta de sumisión. En definitiva, si hablamos de la fidelidad de un perro hacia su amo, ni siquiera estamos refiriéndonos a una cualidad de la especie, sino de algo que es propio de los animales domesticados. Pues bien, yo celebro que la humanidad no haya sido aún domesticada.

Al fin y al cabo, el ser humano sí es capaz de fidelidad, de abnegación, etc., pero son cosas difíciles de encontrar y de mantener. Así es como debe ser. Y el cariño, ¡ay! no suele ser incondicional. Porque, al fin y al cabo, el ser humano es egoísta, cualidad irrenunciable para nuestra libertad y nuestra dignidad. Sé que hay quien deplora el egoísmo como el peor defecto del ser humano. Quien así piensa suele usar, consciente o inconscientemente, la siguiente definición del genial Ambrose Bierce:

Egoísta: dícese de aquel que piensa más en sí mismo que en mí.

En definitiva: quiere a tu perro, ¡pero deja a las personas ser personas!



* Generalmente se atribuye a Pascal, aunque ignoro si es apócrifa.

miércoles, 19 de junio de 2013

Pollos

El agente Fernández entró en el despacho y dijo:
  • Buenos días, inspector.
Se dejó caer en la silla frente al escritorio del Inspector Corral. Éste iba a decirle que se sentara, naturalmente, pero Fernández no esperó, como era su costumbre. Se limitó a frotarse la zona lumbar como para excusar su prisa.
  • ¿Algo nuevo acerca de los asesinatos? - preguntó el inspector.
  • Bueno... poca cosa – contestó Fernández. - Sigo pensando que es un solo autor, pero el método es tan básico que no da muchas pistas. Heridas de arma blanca que pueden corresponder a un cuchillo de cocina, el tipo ha tenido cuidado de no dejar huellas y no dejarse ver... en fin, poca cosa. En cuanto a las víctimas...
  • ¿Alguna relación entre ellas? - interrumpió el inspector.
  • No... - dijo Fernández – Bueno... sí. Poca cosa. Casi nada, de hecho. Sólo hemos podido relacionarles en algo mínimo, que bien puede ser una casualidad. Poco antes de los hechos, cada uno de ellos había cenado en el Chicken Emporium, un lugar...
  • ¿El sitio ese donde sirven un pollo frito auténticamente pésimo? - volvió a interrumpir el inspector. - ¿Uno que está en …? - e indicó una dirección.
Fernández asintió y continuó:
  • Es un lugar al que va mucha gente, así que no es una gran pista... y a mí, por cierto, sí me gusta.
  • Yo fui una vez... se empeñó mi mujer - dijo el inspector. - En realidad, no me gusta el pollo. Creo que es un símbolo de la decadencia de la civilización occidental. Uno puede comer un filete de vaca y sentirse orgulloso de pertenecer a una especie que está en lo más alto de la cadena alimenticia. Pero comerse un indefenso pollo...
  • Ya, - dijo Fernández, - sin embargo, tampoco el filete se defiende mucho cuando compra la bandeja en el supermercado, y al comerlo, como mucho, puede estar un poco duro, pero si la carne es buena y se cocina correctamente...
  • No me entiende, Fernández... - respondió el inspector – Yo he matado muchos pollos, ¿sabe? Figuradamente unos cuantos, pero sobre todo literalmente. De niño vivía cerca de una granja, y mi madre los compraba vivos. No siempre me tocaba a mí, claro... Lo que pasa es que mi padre se hartó pronto de la tarea, mi madre no quiso saber nada y mi hermano era un inútil, así que casi siempre era yo quien les retorcía el pescuezo... En fin. ¿Vamos al emporio ese?
Fernández asintió. No creía que sacaran nada en claro, pero no faltaba mucho para la hora de comer.

Cuando llegaron los dos policías al restaurante, les saludó un simpático pollo del tamaño de un ser humano y color amarillo brillante:
  • ¡Bienvenidos al Chicken Emporium!
El Inspector Corral le lanzó una mirada despectiva y preguntó:
  • ¿A quién se la ha ocurrido la idea de que ser recibidos por un pollo parlante va a incitar a los clientes a comer pollo?
El pollo parlante se encogió de alas y se hizo a un lado.

Los dos policías interrogaron a los empleados uno por uno en el despacho del propietario. No parecían saber nada ni conocer a las víctimas. Algunos recordaban haber visto a alguna de ellas en el restaurante, otros o no lo recordaban, o no les habían visto. Nada hacía sospechar que estuvieran mintiendo. Le llegó el turno al pollo parlante, que entró en el despacho con la cabeza de pollo bajo el brazo. Al ver esto, el Inspector Corral de pronto sintió unas nauseas insoportables. Manteniendo la compostura lo mejor que pudo, dijo al agente Fernández:
  • Ya sabes como va esto. ¿Te haces cargo? Voy a tomar el aire.
  • Cómo no – respondió Fernández, aunque no le apetecía ocuparse él solo del interrogario.

El Inspector Corral fumaba un poco apartado del restaurante y ya casi había logrado olvidarse de la visión del pollo parlante descabezado, cuando vio salir a Fernández, que curiosamente sonreía satisfecho y llevaba al hombre que había sido ese pollo (y seguía siéndolo en parte, sólo que ya no llevaba la cabeza) esposado. Sin la cabeza daba un poco menos de impresión, aunque el inspector no dejó de tener una pequeña arcada. Se acercó mientras Fernández metía al detenido en coche.
  • Pero bueno, Fernández, - dijo. - ¿Qué ha pasado?
  • Es nuestro hombre, inspector – respondió con orgullo – Lo ha confesado todo. Al parecer, las víctimas, cuando estuvieron en el restaurante, se burlaron de su grotesco disfraz, y esto le sentó tan mal que, más tarde, averiguó el domicilio de cada una de ellas, las encontró, las espió durante unos días para decidir el momento más oportuno, y las mató. Siempre igual y por el mismo motivo. Sólo un autor, como sospechaba. Caso cerrado.
El inspector miró al detenido a través de la ventanilla. Le habría gustado que Fernández le hubiera dejado cambiarse, y no precisamente porque fuera a dejar el asiento del coche lleno de plumas amarillo chillón. Sintió mucha lástima por el tipo. No comprendía del todo que hubiera llegado al asesinato, esa era una comprensión que casi siempre se le resistía, pero pensaba que realmente aquel trabajo de ser el pollo parlante era una porquería de trabajo. “Pobre pollo amarillo chillón, pobre mascota ridícula de un restaurante cutre”. Ya no sentía nauseas ni arcadas... sólo un gran cansancio. “¡De un restaurante de pollo!”, añadió para sus adentros.
  • ¿Puedes llevarlo a la comisaria? - dijo por fin en voz alta. - Creo... creo que no me siento muy bien. Necesito dar un paseo.
  • Está bien, jefe, - respondió Fernández.

Aquella tarde el inspector no volvió por la oficina. Se le vio bebiendo en algunos bares de la zona, cosa que no solía hacer, y nadie sabe a qué hora volvió a casa. Se rumorea, aunque nadie ha podido probarlo, que pudo tener que ver con el incidente ocurrido esa misma noche en una granja de pollos cercana, donde alguien saltó la verja, forzó la cerradura del corral, y dejó sueltos (según los cálculos del propietario de la explotación) a unos cuatro mil pollos, la mayor parte de los cuales fueron hallados en las inmediaciones de la granja al día siguiente.

lunes, 6 de mayo de 2013

Joder con los partidarios del centralismo

http://politica.elpais.com/politica/2013/05/03/actualidad/1367606811_475357.html

Titular: Los partidarios del centralismo se disparan en las comunidades del interior

Joder, pues menos mal que son las comunidades del interior y no el Salvaje Oeste... ¡mira que liarse a tiros!

En fin, Gran Jefe Indio (no partidario del centralismo, por cierto) de la pradera castellana llamada por rostro pálido "comunidades del interior" decir a Gran Redactor Jefe, Gran Corrector o a quien corresponda que no haber tantos tiros en dicha pradera y que mejor titular ser "Número de partidarios del centralismo dispararse en comunidades del interior". Jau.

martes, 30 de abril de 2013

Happy End

Yo siempre había querido un gatito y cuando me dieron un huevo de gatito lo cuidé y lo di calor y lo quise. Cuando salió del huevo un perrito y no un gatito, me eché a llorar. Luego caí en la cuenta. ¿Desde cuándo los mamíferos nacían de huevos? Pero ya no había nada que hacer. Ya todos nacíamos de huevos, y las vacas se suicidaban en las autopistas poniendo sus patinetes a 140 km/h, y las rosas se marchitaban a horas fijas, nadie respetaba a las manzanas y los mayores ya no olían, y ya era absolutamente imposible encontrar anacardos (aunque eso a nadie le importaba mucho, no sé por qué me he acordado de los anacardos), y bueno, ya nada se podía hacer.

Fui a ver a Carmen y le enseñé mi perrito que debía ser un gatito, y me dijo que así era la vida y que poco se podía hacer. Me ofreció anacardos para consolarme. Y yo me pregunté desde cuando Carmen me consolaba con anacardos en lugar de ofrecerme una copa y luego el dulce calor de su cama, pero ya no había nada que hacer. Carmen ya no ofrecía su cuerpo goloso a los caballeros cuitados, yo sólo podía esperar anacardos de la vida, los dioses se habían rebajado hasta el punto de presentarse a las elecciones, y ya no había autoridad en las calles, y los recuerdos se volvían amarillos y se llenaban de polillas, y el anticiclón de las Azores estaba roto, y no había nada, absolutamente nada que hacer al respecto. Salí de casa de Carmen con el perrito bajo el brazo, y me alejé hacia el horizonte.

Una cuadra antes de llegar al horizonte, me paró un guardia y me dijo que ese perro no podía llevarlo por la calle sin correa. Yo me pregunté desde cuándo había autoridad en las calles, y me eché a llorar. Entonces el guardia se compadeció, y para consolarme empezó a desabrochar los botones de la chaqueta del uniforme, y luego empezó a desabrochar los botones de la camisa del uniforme, y luego emergieron a la radiante luz del sol un par de magníficos pechos, redonditos y juguetones. Me sequé las lágrimas y le dije gracias señor guardia. Y él me preguntó si quería ir a su casa y yo dije que sí. Y me preguntó si quería una copa y el dulce calor de su cama, y yo dije ¿Carmen? Y ella contestó, sí, ya todo volverá a ser como siempre, y hasta el perrito maulló un poco para complacerme.