Entré en la iglesia pero me equivoqué de puerta. Me di cuenta cuando vi al cura volverse hacia mí con cara de espanto. Salí corriendo, avergonzado. Temía que al contemplar la parte de atrás de la liturgia, pudiera cometer el más horrible de los sacrilegios. Mientras corría, me obsesionaba la idea: podría haber visto a Dios en calzoncillos, podría haber visto a Dios yendo al baño.
Corrí y corrí, pero no me alejé mucho de la iglesia. Quizá porque iba descalzo, circunstancia que me hizo notar mi tío, que no sé por qué estaba allí:
-Javier, estás descalzo.
Era verdad. Lo estaba, y esto era un problema. Miré mi traje negro e impecable y mis pies incongruentemente desnudos. Eran una cosa lamentable, esos pies. Tan solos, en aquellos extremos de mi ser, y tan desprotegidos. Podían echarse a correr sin que yo me desplazara lo más mínimo (como en efecto había sucedido) porque eran unos pies pobres e inservibles.
-Te presto unas zapatillas.
Me puse las zapatillas que me alcanzaba mi tío, y vi que tampoco quedaban muy bien con el traje. Eran amarillas con franjas y dibujos rosas. Ya podía, eso sí, andar con normalidad. Así que fui a la puerta delantera de la iglesia. De pronto no me acordaba por qué era tan importante entrar en aquel templo. Traté de recordar si creía en Dios. No estaba seguro, pero creía, o quería creer, que no creía en Dios. Entré, de todas formas, a la iglesia. Por si acaso. Por si acaso, o porque sí (porque mi mano empujó la puerta, porque mis pies caminaron en esa dirección). Más bien creo que fue lo segundo.
Era una iglesia muy rara. Se entraba directamente a una especie de pasillo de hospital, aunque el recinto seguía siendo una iglesia porque todo era extrañamente solemne, porque se oía la misa por algún lado, porque casi podía verse pulular el microbio de la santidad. Recorrí un laberinto de pasillos, tratando de encontrar el centro. En lugar de eso, encontré a una señora con bata que fregaba el suelo de un corredor diáfano y al mismo tiempo misterioso (así lo sentí en aquel momento; ahora recuerdo que lo sentí así, pero me pregunto qué había en aquel pasillo que correspondiera con los adjetivos diáfano y misterioso). La señora pasaba su fregona mecánicamente, con lentitud, como pensando en otra cosa. Leí su nombre, que no recuerdo, en una chapa metálica que llevaba en el uniforme. Era un nombre extraño, una locura de consonantes y apenas un par de vocales solitarias. De pronto, la mujer impronunciable me miró (no sé si el verbo es realmente adecuado, dirigió hacia mí su rostro y fue más una orden que una mirada), y luego se volvió hacia una silla que había allí: supe que tenía que sentarme. Me dijo:
-Has pisado el suelo que acabo de fregar con esas zapatillas ridículas.
Su acento no era extranjero ni de aquí, o podía ser ambas cosas, pero era en cualquier caso extraño e ilocalizable, con algo de animal y algo de máquina. Pensé que, estando en una iglesia (donde lo sobrenatural es cotidiano), quizá el acento correspondiera, más que a una región del mundo, a una región de la teología. Lamenté desconocer la teología. Quizá hubiera podido determinar de qué región podía proceder aquella criatura. Me di cuenta de que sus ojos incoloros estaban demasiado abiertos y demasiado fijos, y sospeché que la mujer era ciega, y que acaso podía verlo todo. No dije nada. No podía negar que las zapatillas eran ridículas.
Supe instintivamente que aquella mujer se proponía aniquilarme. Supe también que pisar lo fregado y llevar unas zapatillas espantosas no eran razones suficientes, que esa aniquilación era el castigo (acaso merecido) por una cantidad de culpas que desconocía, pero que quizá llegaría a conocer antes de morir. Al mismo tiempo, me di cuenta de que la mujer simplemente era una psicópata, y ambas explicaciones (teológica y patológica) eran compatibles.
La mujer había dicho “Bárbara”, y había aparecido una segunda señora, también con su bata y su fregona. Era muy grande y su rostro de piedra no expresaba nada: ni emociones ni inteligencia. Intuí que estaba ahí sólo para asustar. No decía una palabra. La otra había empezado a hablar un idioma desconocido, o eso me pareció a mí.
Alcanzaba a reconocer algunas frases, y supe que estaba hablando de mi vida. Me contaba cosas que había hecho, cosas que me habían sucedido, creo que también cosas que me iban a suceder. Después comprendí que estaba enumerando mis culpas, y que eran infracciones nuevas para mí, que nada tenían que ver con las que yo conocía. Lo que había tomado por un idioma extraño eran los nombres de esas culpas desconocidas.
Al principio, sólo escuché tratando de entender algo. Luego me animé a hacer tímidas preguntas a las que mi jueza no hizo ningún caso: ¿hablamos de culpas graves o leves? ¿Culpas adquiridas, heredadas, o meros pecados originales? Luego, me sorprendí de que mi vida hubiera dado para tantas infracciones. El discurso ya duraba demasiado. ¿Cuánto tiempo? Imposible decirlo. Acaso horas… acaso días. O sólo unos minutos, pero me aburría y creo que llegué a bostezar. Hasta que recordé que mi situación no era solamente extraña, sino además horrible. Como una cobra a su presa, el ser maligno al que me enfrentaba intentaba hipnotizarme de puro aburrimiento. Casi me hacía desear la sentencia, el final… Decidí, sin embargo, vivir. Por decidir algo.
De todas formas, no me interesaba mucho conocer mis pecados. Huí. Empujé a la giganta, que se derrumbó con sorprendente facilidad, y eché a correr.
Luego, estaba fuera, en la ciudad, en alguna calle difusa y estaba muy cansado. Temí que me desplomaría de la fatiga, y que la venganza me alcanzaría. Entré en un portal que vi abierto para desplomarme allí.
Efectivamente, caí al suelo. Estaba en un pasillo recién fregado. Noté la humedad en la cara y levanté la vista. Ahí estaba ella. También vi a Bárbara. No me habían visto. Huí. No sé cómo pude correr, pero corrí, siempre con el temor de volver a encontrarme a mi enemiga. Creo que estuve en la estación, o en un edificio parecido (o cercano) a la estación, y allí la divisé entre una muchedumbre de gente. Luego la vi en el centro comercial, en la escuela, en una zapatería donde no tuve tiempo de aprovechar y cambiar de calzado (y quizá atenuar así mi culpa), en mi bloque de viviendas, en la oficina (donde estaba diciendo algo al oído de mi jefa), en el estadio… Recuerdo un torbellino de imágenes llenas de gente, y, como en uno de esos libros donde hay que buscar en cada página a un tipo con jersey a rayas, entre la gente siempre la misma odiada presencia, y recuerdo una sensación de agobio creciente, de círculo que se va cerrando a mi alrededor, de aire que me va faltando, y recuerdo las percepciones cada vez más fugaces y difusas, el vértigo…
No sé si había anochecido poco a poco o de golpe. Era de noche, pero la noche no era un consuelo. ¿Cómo esconderme entre las sombras de una mujer ciega? Sólo tenía un lugar al que ir. Mi refugio, mi salvación. Llegué a una calle habitual, subí unas escaleras habituales, llamé a una puerta habitual, y ahí estaba ella. No la enemiga, sino Ella. Mi refugio. Mi salvación. Mi sonrisa preferida, los ojos en los que me gusta verme reflejado, la voz que me hace existir cuando pronuncia mi nombre, mi dulce amor. La abracé. Hundí mi cara en su blusa (curiosamente, ahora lo recuerdo, llevaba una camiseta, pero no advertí en ese momento aquella siniestra incongruencia… no me avisó de la presencia del mal) y no quise ver nada más, sólo sentir el calor de ese cuerpo querido, sentirme seguro en ese ámbito cerrado, pero inevitablemente (recuerdo que fue inevitable, pero no recuerdo por qué) levanté la vista y empecé a temblar. Estaban de espaldas pero estoy seguro de que eran ellas. Estaban limpiando el polvo en el salón. Lloré, me sentí liviano, pero no como un pajarito que puede echarse a volar, sino como un pedazo de papel al que arrastra el viento, me sentí desintegrado, irreal, no me desmayé, me agarré al mundo apenas y lloré. Imposible huir. No podían echarme de ese lugar porque entonces el círculo se cerraría del todo y ya no sería un círculo, sino un punto, y eso es lo mismo que decir que no quedaría nada… No, de allí no podría huir…
Lo pensé mejor: imposible huir solo.
-Cariño… huyamos… Esa mujer es una psicópata… Vámonos, te lo ruego…
Pero ella no entendía. ¿Quién era una psicópata? ¿Dónde había que irse? ¿Por qué me había puesto esas zapatillas tan feas?...
Entonces, llegó el desenlace lógico de esta historia sin desenlace:
Pi-pi-pi-pi. Menos mal que estas cosas sólo ocurren en los sueños.
-Cariño.
-Mmmm…
-He tenido una pesadilla…
-¿Es muy larga?
-Había una mujer… una asistenta que quería aniquilarme… en realidad eran dos… bueno, primero yo iba a entrar en una iglesia, pero iba descalzo…
-Tranquilo, cielo, sólo ha sido un sueño. Luego me lo cuentas, ¿vale? He quedado con unas señoras que me van a ayudar con la casa.
Sudor frío.
-¿Sabes cómo se llaman?
-No… no recuerdo. Una tenía un nombre muy raro y la otra no hablaba.
Menos mal que esas cosas sólo pasan en los sueños… Sólo pasan en los sueños. Sólo pasan en los sueños.
Una maldición china dice: "¡Que vivas en tiempos interesantes!" Nos ha tocado
miércoles, 13 de noviembre de 2013
miércoles, 30 de octubre de 2013
La Verdadera Historia de la Fundación de Madrid (según Miguel Mihura)
No acostumbro a poner textos ajenos en este blog, pero éste del humorista y dramaturgo Miguel Mihura (http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_Mihura) me ha parecido genial y simpatiquísimo. Por ello lo comparto. Ya os podéis ir olvidando de todas las patrañas que nos han contado, he aquí la verdadera historia de Madrid:
Cuando yo estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese yo y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recuerdo en este momento, y que también quería ser madrileño.
La ocurrencia de inventarlo fue de un pastor llamado Cecilio, que una tarde, cuando paseaba por el campo llevando en brazos a sus ovejas y meciéndolas maternalmente, como entonces hacían los pastores, vio un gran terreno, todo lleno de hoyos, de agujeros, de escombros y de montoncitos de arena.
“Aquí se podría hacer Madrid, para que naciese el señor Mihura y ese otro señor bajito, que nunca me acuerdo cómo se llama, y que también quiere nacer en Madrid“, pensó Cecilio.
Y llamó a gritos a otro grupo de pastores, amigos suyos, a los cuales les comunicó su idea, que a todos les pareció maravillosa.
- Efectivamente – dijeron -, Madrid no está inventado todavía y sería un buen negocio inventarlo, porque a la gentes lo que le gusta es vivir en Madrid y dejarse de estar en provincias, paseando como una tonta por la la calle Nueva o por el Malecón, y venga a bostezar.
- ¿Pero no costará demasiado caro? – expuso una oveja inocente, blanca, llena de ricitos, y con su femenino sentido del ahorro.
-Nada de eso – afirmó Cecilio – Lo difícil de Madrid es hacerle los agujeros, los hoyos, las cuestas y los montoncitos de arena. Pero como este terreno ya los tiene, lo demás no será complicado.
Y después de discutir sobre otros extremos, aquellos pastores fundaron la “Sociedad Anónima de Pastores Reunidos para la Construcción de Madrid y sus Alrededores“.
Formando caravanas y cantando “Por ser la Virgen de la Paloma, etc“, miles de mujeres de los pueblos cercanos llegaron apresuradamente al terreno elegido y se dedicaron a quitar las hormigas de la parte de terreno que estaba destinada a ser la Puerta del Sol y a meterlas en unas grandes cajas para distribuirlas luego en el trozo de terreno que estaba destinado a a ser la Ciudad Lineal.
Otras mujeres, encerradas en grandes naves que se habían construido exprofeso, trabajaban día y noche, distribuyendo y ordenando montoncitos de arena, de diferentes tamaños y formas, para después, una vez clasificados, irlos repartiendo por barrios diferentes.
- Este montoncito de arena para Quevedo. Este, para Goya. Este, para Antón Martín -iba ordenando el capataz encargado de repartir los montoncitos de arena.
Mientras tanto, otro grupo de obreros empezó a construir el Teatro Real, sin demasiadas prisas, ya que entonces no se habían inventado todavía los tenores.
Y Madrid ya estaba casi terminado cuando alguien advirtió:
- Lo que no hay apenas son niños pequeños. A la gente de Madrid le gusta mucho que haya niños por la calle, jugando a la pelota y rompiendo los cristales de las farolas. La gente de Madrid es muy sensible, tiene muy buen corazón, y el espectáculo de los niños rompiendo los cristales de las farolas les conmueve mucho.
Y entonces, la “Sociedad Anónima de Pastores Reunidos para la Construcción de Madrid y sus Alrededores” contrató niños de todas las clases y los trajo a Madrid en expediciones numerosas, donde empezaron a dar patadas y a romperlo todo, como debe ser.
Y una vez que Madrid estuvo terminado, tocaron una campanilla, y nací yo y el otro señor bajito, que no recuerdo cómo se llama.
EDITADO: Si alguien averigua algo acerca del señor bajito que nació en Madrid al mismo tiempo que Miguel Mihura, por favor que lo comparta, pues es un personaje importantísimo en la historia de Madrid. De momento yo estoy procediendo por eliminación. Ya he descartado que sea Sara Montiel, por los siguientes motivos:
1 - No nació en Madrid sino en Campo de Criptana.
2 - No nació al mismo tiempo que Miguel Mihura sino en 1928.
3 - Difícilmente se podría considerar a Sara Montiel "un señor bajito".
Cuando yo estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese yo y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recuerdo en este momento, y que también quería ser madrileño.
La ocurrencia de inventarlo fue de un pastor llamado Cecilio, que una tarde, cuando paseaba por el campo llevando en brazos a sus ovejas y meciéndolas maternalmente, como entonces hacían los pastores, vio un gran terreno, todo lleno de hoyos, de agujeros, de escombros y de montoncitos de arena.
“Aquí se podría hacer Madrid, para que naciese el señor Mihura y ese otro señor bajito, que nunca me acuerdo cómo se llama, y que también quiere nacer en Madrid“, pensó Cecilio.
Y llamó a gritos a otro grupo de pastores, amigos suyos, a los cuales les comunicó su idea, que a todos les pareció maravillosa.
- Efectivamente – dijeron -, Madrid no está inventado todavía y sería un buen negocio inventarlo, porque a la gentes lo que le gusta es vivir en Madrid y dejarse de estar en provincias, paseando como una tonta por la la calle Nueva o por el Malecón, y venga a bostezar.
- ¿Pero no costará demasiado caro? – expuso una oveja inocente, blanca, llena de ricitos, y con su femenino sentido del ahorro.
-Nada de eso – afirmó Cecilio – Lo difícil de Madrid es hacerle los agujeros, los hoyos, las cuestas y los montoncitos de arena. Pero como este terreno ya los tiene, lo demás no será complicado.
Y después de discutir sobre otros extremos, aquellos pastores fundaron la “Sociedad Anónima de Pastores Reunidos para la Construcción de Madrid y sus Alrededores“.
Formando caravanas y cantando “Por ser la Virgen de la Paloma, etc“, miles de mujeres de los pueblos cercanos llegaron apresuradamente al terreno elegido y se dedicaron a quitar las hormigas de la parte de terreno que estaba destinada a ser la Puerta del Sol y a meterlas en unas grandes cajas para distribuirlas luego en el trozo de terreno que estaba destinado a a ser la Ciudad Lineal.
Otras mujeres, encerradas en grandes naves que se habían construido exprofeso, trabajaban día y noche, distribuyendo y ordenando montoncitos de arena, de diferentes tamaños y formas, para después, una vez clasificados, irlos repartiendo por barrios diferentes.
- Este montoncito de arena para Quevedo. Este, para Goya. Este, para Antón Martín -iba ordenando el capataz encargado de repartir los montoncitos de arena.
Mientras tanto, otro grupo de obreros empezó a construir el Teatro Real, sin demasiadas prisas, ya que entonces no se habían inventado todavía los tenores.
Y Madrid ya estaba casi terminado cuando alguien advirtió:
- Lo que no hay apenas son niños pequeños. A la gente de Madrid le gusta mucho que haya niños por la calle, jugando a la pelota y rompiendo los cristales de las farolas. La gente de Madrid es muy sensible, tiene muy buen corazón, y el espectáculo de los niños rompiendo los cristales de las farolas les conmueve mucho.
Y entonces, la “Sociedad Anónima de Pastores Reunidos para la Construcción de Madrid y sus Alrededores” contrató niños de todas las clases y los trajo a Madrid en expediciones numerosas, donde empezaron a dar patadas y a romperlo todo, como debe ser.
Y una vez que Madrid estuvo terminado, tocaron una campanilla, y nací yo y el otro señor bajito, que no recuerdo cómo se llama.
EDITADO: Si alguien averigua algo acerca del señor bajito que nació en Madrid al mismo tiempo que Miguel Mihura, por favor que lo comparta, pues es un personaje importantísimo en la historia de Madrid. De momento yo estoy procediendo por eliminación. Ya he descartado que sea Sara Montiel, por los siguientes motivos:
1 - No nació en Madrid sino en Campo de Criptana.
2 - No nació al mismo tiempo que Miguel Mihura sino en 1928.
3 - Difícilmente se podría considerar a Sara Montiel "un señor bajito".
viernes, 25 de octubre de 2013
Quién nos manda las lluvias
En este día lluvioso, me acuerdo de un irlandés que me contaba hace tiempo que, de pequeño, cantaba la siguiente canción infantil junto con sus rubios y pelirrojos (supongo) amigos:
Rain, rain, go to Spain,
come again another day.
Rain, rain, go to Spain,
little Johnny wants to play.
Rain, rain, go to Spain,
never show your face again.
(Lluvia, lluvia, vete a España,
vuelve de nuevo otro día.
Lluvia, lluvia, vete a España,
el pequeño Johnny quiere jugar.
Lluvia, lluvia, vete a España,
nunca vuelvas a mostrar tu rostro)
No llegué a preguntarle si era consciente de que en realidad nos hacían un favor mandándonos la lluvia, pues aquello de lo que ellos (es normal) pueden llegar a estar hartos, a nosotros no nos sobra. Supongo que mayormente querrían librarse de algo que consideraban molesto, y considerarían que España está lo bastante lejos... pero no descarto que hubieran oído hablar por aquellas latitudes de la "pertinaz sequía". Por lo tanto, gracias, amigos irlandeses, por este agua que fertiliza nuestros campos y calma nuestra sed.
(Por cierto, amigos, quizá la canción sería más eficaz si no confundierais a la lluvia: o dices que vuelva otro día, o que no vuelva a mostrar su rostro, porque según está es un poco contradictorio).
Rain, rain, go to Spain,
come again another day.
Rain, rain, go to Spain,
little Johnny wants to play.
Rain, rain, go to Spain,
never show your face again.
(Lluvia, lluvia, vete a España,
vuelve de nuevo otro día.
Lluvia, lluvia, vete a España,
el pequeño Johnny quiere jugar.
Lluvia, lluvia, vete a España,
nunca vuelvas a mostrar tu rostro)
No llegué a preguntarle si era consciente de que en realidad nos hacían un favor mandándonos la lluvia, pues aquello de lo que ellos (es normal) pueden llegar a estar hartos, a nosotros no nos sobra. Supongo que mayormente querrían librarse de algo que consideraban molesto, y considerarían que España está lo bastante lejos... pero no descarto que hubieran oído hablar por aquellas latitudes de la "pertinaz sequía". Por lo tanto, gracias, amigos irlandeses, por este agua que fertiliza nuestros campos y calma nuestra sed.
(Por cierto, amigos, quizá la canción sería más eficaz si no confundierais a la lluvia: o dices que vuelva otro día, o que no vuelva a mostrar su rostro, porque según está es un poco contradictorio).
lunes, 16 de septiembre de 2013
Niño Cualquiera
Érase una vez un niño cualquiera.
– ¡Eh!
¿Qué quieres, niño?
– No soy un niño cualquiera.
¿Ah no? ¿Y quién eres?
– Soy Niño Cualquiera, el protagonista de tu cuento.
¿En qué quedamos? ¿Eres o no eres un niño cualquiera? En fin, ¿quién eres? Tendrás un nombre...
– Niño Cualquiera. Niño de nombre y Cualquiera de apellido. Como en el título.
¡Ah! Es verdad, se me había olvidado. Érase una vez Niño Cualquiera, un niño con un gran afán de protagonismo. Él siempre decía que lo único que quería era ser reconocido por sus actos, pero en realidad le gustaba mucho llamar la atención. ¿Quién puede saber los motivos de tal conducta? Quizá, cuando era bebé y lloraba pidiendo el pecho a su madre, ésta le ignoró, pues justo en ese momento ofrecía (tan generosa como mezquina con su propio vástago) el objeto de deseo a un señor que, ya fuera butanero, electricista, amante bandido o legítimo esposo y padre de la criatura, hacía varias décadas que comía sólido y por lo tanto no estaba tan necesitado de la nutritiva leche materna como el pobre lactante abandonado a su suerte. O quizá por la misma época su padre, al ver que su retoño había ensuciado los pañales, dijo “voy a cambiar al niño” y efectivamente bajó al parque y le cambió por otro niño que allí jugaba, dejándole traumatizado para toda la vida a pesar del cariño con que lo acogió su familia involuntariamente adoptiva. Todo esto no son más que suposiciones: el caso es que el crío estaba necesitado de la atención de sus semejantes.
Al principio, lo intentó con las hazañas. Entonces, don Telesforo (pongamos por caso), mientras paseaba a su caniche una soleada tarde de domingo, se encontraba por la calle a doña Meningitis (nombre ficticio) y le decía:
– Dichosos los ojos, doña Meningitis, es un placer. ¿Ha oído las noticias? ¡Niño Cualquiera ha salvado a la patria de la invasión extranjera!
Y doña Meningitis (nombre ficticio), que en realidad no prestaba mucha atención a las palabras de don Telesforo (pongamos por caso) porque estaba pensando “este hombre es un viejo verde, ¡con qué descaro baja su vista (con el único fin de mirarme los pechos, lo cual no deja de ser comprensible pues aún están bastante bien) al inclinarse para saludarme mientras se quita el sombrero de copa!” o simplemente porque está un poco sorda, respondía:
– ¿Quién lo iba a decir, don Telesforo?
Y después doña Meningitis (nombre ficticio) iba a la frutería y decía a la dependienta:
– ¡Hola Conchita! Hay que ver cómo está el mundo. Un niño cualquiera ha salvado a la patria de la invasión extranjera.
– ¡Caramba! Un niño cualquiera. ¡Y el Ministro de Defensa a por uvas! Golfeando por ahí, seguro. Si es que no sé dónde vamos a parar.
– Chica, qué quieres que te diga, yo ya no entiendo nada de nada. ¡Ay Señor, dame fuerzas! En fin, ¿qué tal salen estos melocotones?
– ¡Uy, buenísimos, te lo aseguro!
– Pues ponme tomates...
Y así. Aunque, reconozcámoslo de una vez, no fueron igual de acertadas todas sus tentativas (por ejemplo, habiendo ya salvado a la nación de la invasión extranjera, salvar a la Cristiandad de las hordas infieles o a la Tierra de la amenaza extraterrestre fueron proezas un tanto repetitivas), hay que decir que el muchacho se esforzaba, sin obtener nunca el resultado deseado.
Más tarde, Niño Cualquiera, ante su falta de éxito, probó con las trastadas.
– ¡Niño Cualquiera ha tirado al Presidente del Gobierno por uno de los retretes de los baños de chicos! – decía, indignada, la profesora al jefe de estudios, - El bedel se ha pasado dos horas arreglando el atasco y ya sabes lo mal que me llevo con la fotocopiadora. Así no hay quien trabaje y como no hagamos algo, me voy a tener que dar de baja.
– Déjemelo a mí, que yo sé lo que hay que hacer en estos casos – respondía el interpelado y acto seguido se dirigía con paso seguro y decidido hacia el despacho de la directora en el que entraba sin llamar, diciendo a voz en grito:
– ¡Un niño cualquiera ha tirado al Presidente del Gobierno por uno de los retretes de los baños de chicos!
A lo que respondía la máxima responsable de la respetada institución educativa:
– Angelito.
Y claro, nunca llegaba el castigo. Cuando la cosa era algo más grave, por ejemplo si había dicho un taco, la directora trataba de indagar un poco más:
– Un niño cualquiera, dices... Pero ¿cómo es ese niño cualquiera?
– Espere un momento, - decía entonces el esforzado jefe de estudios, que luego buscaba a la indignada profesora para preguntar:
– ¿Cómo es ese niño cualquiera tan lenguaraz?
Y la profesora se quedaba en blanco.
Porque Niño Cualquiera no es ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, no es guapo, pero tampoco llamativamente feo, y su pelo no es moreno ni rubio. Tampoco es castaño, y no, aunque a veces, según le dé la luz, puede parecer pelirrojo, en realidad... ¡Qué diablos! ¿De qué color es tu pelo, Niño Cualquiera?
– No me acuerdo. Y no tengo un espejo a mano.
No tardó mucho el protagonista de este cuento en darse cuenta de que su problema principal era el nombre, que daba lugar a equívocos. Por ello, cada vez que hacía algo reseñable, decía a quien pudiera oírle:
– ¡Que se sepa! ¡Esto lo ha hecho Niño Cualquiera!
Pero quien pudiera oírle siempre empezaba su relato de la siguiente manera: “¿Sabéis lo que ha hecho un niño cualquiera? Pues...”
Entonces, Niño Cualquiera, decidió ser más concreto:
– ¡Esto lo ha hecho Niño Cualquiera! Niño de nombre, Cualquiera de apellido.
Su testigo, en esos casos, contaba a sus amistades:
– El otro día me encontré con Niño Cualquiera y entonces...
Pero las amistades, ignorantes de que Niño Cualquiera era en ese contexto un nombre propio, siempre añadían el artículo indeterminado, por lo que en las siguientes ocasiones, nuestro protagonista trataba de dejar las cosas aún más claras:
– ¡Esto es obra de Niño Cualquiera, un niño concreto cuyo nombre de pila es “Niño” y cuyo apellido es “Cualquiera”, y agradecería que quien propagase la noticia hiciera hincapié en el hecho de que no se trata de “un niño cualquiera”, sino de alguien en particular!
Pero nadie se quedaba el tiempo suficiente para escuchar tan larga perorata, así que, mientras el pobre pronunciaba las palabras “niño concreto”, aquel a quien las dirigía ya se había ido a seguir con su vida, y quizá ya contaba a su cuñada lo que había presenciado hacer a “un niño cualquiera”.
Después de los hechos heroicos y las travesuras llamativas, Niño Cualquiera intentó llamar la atención con sus extravagancias (por ejemplo se hizo tropecista en un circo; no trapecista, que habría sido de lo más normal, sino artista de los tropiezos), sus anacronismos (se enroló en un barco pirata y surcó la mar ondeando la bandera de las tibias y la calavera), creando una secta (pero sus adeptos, claro, se confundían y acababan adorando a niños cualesquiera), sus escandalosos amoríos con personajes de la jet set y por último (ya a la desesperada, por si suena la flauta y de perdidos al río) trató de hacerse un buen nombre con honestidad y trabajo. Nada le sirvió. Pasaron los años, a pesar de las muchas penas y las muchas glorias, sin pena ni gloria.
Niño Cualquiera fue creciendo ni muy deprisa ni muy despacio. Cuando sus miembros se hubieron estirado hasta alcanzar un tamaño perfectamente anodino, maduró sin prisa pero sin pausa, y finalmente le tocó, como a todo hijo de vecino, envejecer a un ritmo prudente.
La ironía de esta historia es que al final, después de tanto intentarlo, logró lo que pretendía sin tener que hacer nada. Según crecía, maduraba y envejecía, fue llamando la atención de la gente más y más, pues aquellas personas a las que se informaba de que aquel era un niño cualquiera respondían con sorpresa “¡pues vaya niño más grande!” cuando tenía veinte años, con pena “¡pobrecito!” a los treinta, con escándalo “¡si parece un cincuentón!” por aquella década, y ya francamente indignadas “¡la culpa es de los padres!” al tornarse septuagenario. Así, logró por fin ser conocido, meterse incluso en la imaginación de un escritor cualquiera y acabar en este cuento. No es poco, ¿verdad, niño, digo Niño?
– Que te den.
jueves, 12 de septiembre de 2013
¿Cuatro descerebrados?
Ayer, como cuentan los periódicos, un grupo de fascistas intolerantes atacaron la librería Blanquerna (sede de la Generalitat de Catalunya en Madrid), donde se celebraba la Diada, lanzando gases lacrimógenos, causando diversos destrozos, agrediendo físicamente a los asistentes al acto y dejando tras de si cinco heridos, entre ellos una niña pequeña. Hoy, como seguramente también relatarán los diarios, cabe esperar la retahíla de condenas contra el acto bárbaro emitidas por las autoridades y líderes políticos con más o menos sinceridad según los casos. Hablarán de fascismo las izquierdas, de intolerantes que tiene que haber hasta en las mejores familias las derechas, se harán las oportunas detenciones con la diligencia (no nos engañemos) que exija la relevancia política del caso y seguramente (por lo menos desde Madrid) se tratará de proyectar la imagen de que el ataque es exclusiva responsabilidad de unos pocos violentos que nada tienen que ver con la sociedad en la que conviven con una mayoría de buenos ciudadanos, pacíficos y tolerantes. Con ello se dará carpetazo al asunto y a otra cosa...
El problema es que no es cierto. El ataque, es cierto, es obra de una minoría violenta e intolerante repudiada (por violenta) por una sociedad mayoritariamente pacífica (pero no tolerante). Hemos llegado a un punto en el que a nadie puede extrañarle que pase lo que ayer pasó en la celebración de la Diada en Madrid. Tenemos una derecha (política y mediática) ultranacionalista que cada día utiliza el trapo rojigualda, ya sea con motivo de tensiones a causa del peñón de Gibraltar, de las decisiones del COI, o más a menudo de la iniciativa independentista de turno en Cataluña o el País Vasco, para excitar el ardor patrio y el victimismo de la población. Tenemos también una izquierda en muchos casos cómplice de estos discursos, o al menos tolerante con los mismos. Y tales ideas van calando en la población. Es fácil observar esto en infinidad de conversaciones casuales. No soy psicólogo y por ello no comprendo los mecanismos, pero millones de españolitos, efectivamente agredidos por poderes que no cuestionan, se sienten agredidos por la amenaza externa de nuevas conjuras judeomasónicas que ya nada tienen que ver con judíos ni con masones, sino más bien con los extranjeros "que tanto nos envidian" y con esos pérfidos y desleales separatistas que, ¡gran pecado!, no quieren ser españoles.
Y no es sólo eso. El problema es más hondo, pues tiene que ver con la idea de España que algunos tienen. Yo ya no me identifico con ninguna España, pero considero que las nacionalidades son conceptos lo bastante vagos como para aceptar que haya quien se identifique con el trapo rojigualda, quien con la senyera estelada o no, quien con la ikurriña, la bandera verde y blanca de Andalucía, el pendón rojo o morado de Castilla, etc. Sin embargo, la España en la que algunos creen, una España uniforme en costumbres, cultura y lengua, no es real, y sólo puede existir (aparentemente) a través de la violencia generadora de miedo, odio y sumisión, ya sea la perpetrada por los energúmenos que ayer irrumpieron en la librería Blanquernes, o la más reglada y ordenada (y por ello mucho más perversa) de las instituciones, la del Ejército que (de momento) está tranquilo pero vigilante por si tiene que sacar los tanques a la calle, la de los lóbregos calabozos donde a nadie importa que te den una hostia (o dos, o que te torturen, o que acabes inexplicablemente muerto) porque perteneces a un nebuloso concepto llamado entorno, la de las pelotas de goma y las porras... Ante esta España que de tal manera debe imponerse, pues por las buenas jamás va a existir, no es extraño que muchos quieran independizarse. No sólo catalanes o vascos. ¡Yo mismo siento repulsión y asco, yo mismo quiero ser independiente de esa España! Pero los primeros que deberían independizarse de ese país tenebroso son aquellos que aún sientan como propia la bandera de España... y tengan un poco de decencia.
El problema es que no es cierto. El ataque, es cierto, es obra de una minoría violenta e intolerante repudiada (por violenta) por una sociedad mayoritariamente pacífica (pero no tolerante). Hemos llegado a un punto en el que a nadie puede extrañarle que pase lo que ayer pasó en la celebración de la Diada en Madrid. Tenemos una derecha (política y mediática) ultranacionalista que cada día utiliza el trapo rojigualda, ya sea con motivo de tensiones a causa del peñón de Gibraltar, de las decisiones del COI, o más a menudo de la iniciativa independentista de turno en Cataluña o el País Vasco, para excitar el ardor patrio y el victimismo de la población. Tenemos también una izquierda en muchos casos cómplice de estos discursos, o al menos tolerante con los mismos. Y tales ideas van calando en la población. Es fácil observar esto en infinidad de conversaciones casuales. No soy psicólogo y por ello no comprendo los mecanismos, pero millones de españolitos, efectivamente agredidos por poderes que no cuestionan, se sienten agredidos por la amenaza externa de nuevas conjuras judeomasónicas que ya nada tienen que ver con judíos ni con masones, sino más bien con los extranjeros "que tanto nos envidian" y con esos pérfidos y desleales separatistas que, ¡gran pecado!, no quieren ser españoles.
Y no es sólo eso. El problema es más hondo, pues tiene que ver con la idea de España que algunos tienen. Yo ya no me identifico con ninguna España, pero considero que las nacionalidades son conceptos lo bastante vagos como para aceptar que haya quien se identifique con el trapo rojigualda, quien con la senyera estelada o no, quien con la ikurriña, la bandera verde y blanca de Andalucía, el pendón rojo o morado de Castilla, etc. Sin embargo, la España en la que algunos creen, una España uniforme en costumbres, cultura y lengua, no es real, y sólo puede existir (aparentemente) a través de la violencia generadora de miedo, odio y sumisión, ya sea la perpetrada por los energúmenos que ayer irrumpieron en la librería Blanquernes, o la más reglada y ordenada (y por ello mucho más perversa) de las instituciones, la del Ejército que (de momento) está tranquilo pero vigilante por si tiene que sacar los tanques a la calle, la de los lóbregos calabozos donde a nadie importa que te den una hostia (o dos, o que te torturen, o que acabes inexplicablemente muerto) porque perteneces a un nebuloso concepto llamado entorno, la de las pelotas de goma y las porras... Ante esta España que de tal manera debe imponerse, pues por las buenas jamás va a existir, no es extraño que muchos quieran independizarse. No sólo catalanes o vascos. ¡Yo mismo siento repulsión y asco, yo mismo quiero ser independiente de esa España! Pero los primeros que deberían independizarse de ese país tenebroso son aquellos que aún sientan como propia la bandera de España... y tengan un poco de decencia.
sábado, 31 de agosto de 2013
"Cuanto más conozco a la humanidad..."
"...más quiero a mi perro". He aquí una de esas frases* que se repiten a menudo y con las que no estoy de acuerdo. Me pasa lo mismo con otras: "políticamente incorrecto", "puede gustar o no, pero a nadie deja indiferente", etc. En general, no es la frase en sí lo que me molesta, sino el contexto, a qué se refiere o la intención con la que se usa.
En cuanto a la frase con la que comienzo, no tengo nada en contra de que alguien que tiene un perro quiera mucho a su perro, que valore ciertas cualidades de su perro, o incluso que prefiera a su perro a las personas. Cada cual tiene sus preferencias y no soy nadie para rebatirlas. Lo que me parece más problemático es que quien dice la frase suele referirse a ciertas cualidades de su perro (o de los perros domésticos en general) que echa en falta en los seres humanos, y que en mi opinión no son tan positivas como pueden parecer a primera vista. Concretamente, suelen ensalzar la fidelidad, el cariño incondicional, la abnegación...
En definitiva: parece que hay quien reprocha a los seres humanos su falta de sumisión. En definitiva, si hablamos de la fidelidad de un perro hacia su amo, ni siquiera estamos refiriéndonos a una cualidad de la especie, sino de algo que es propio de los animales domesticados. Pues bien, yo celebro que la humanidad no haya sido aún domesticada.
Al fin y al cabo, el ser humano sí es capaz de fidelidad, de abnegación, etc., pero son cosas difíciles de encontrar y de mantener. Así es como debe ser. Y el cariño, ¡ay! no suele ser incondicional. Porque, al fin y al cabo, el ser humano es egoísta, cualidad irrenunciable para nuestra libertad y nuestra dignidad. Sé que hay quien deplora el egoísmo como el peor defecto del ser humano. Quien así piensa suele usar, consciente o inconscientemente, la siguiente definición del genial Ambrose Bierce:
Egoísta: dícese de aquel que piensa más en sí mismo que en mí.
En definitiva: quiere a tu perro, ¡pero deja a las personas ser personas!
* Generalmente se atribuye a Pascal, aunque ignoro si es apócrifa.
En cuanto a la frase con la que comienzo, no tengo nada en contra de que alguien que tiene un perro quiera mucho a su perro, que valore ciertas cualidades de su perro, o incluso que prefiera a su perro a las personas. Cada cual tiene sus preferencias y no soy nadie para rebatirlas. Lo que me parece más problemático es que quien dice la frase suele referirse a ciertas cualidades de su perro (o de los perros domésticos en general) que echa en falta en los seres humanos, y que en mi opinión no son tan positivas como pueden parecer a primera vista. Concretamente, suelen ensalzar la fidelidad, el cariño incondicional, la abnegación...
En definitiva: parece que hay quien reprocha a los seres humanos su falta de sumisión. En definitiva, si hablamos de la fidelidad de un perro hacia su amo, ni siquiera estamos refiriéndonos a una cualidad de la especie, sino de algo que es propio de los animales domesticados. Pues bien, yo celebro que la humanidad no haya sido aún domesticada.
Al fin y al cabo, el ser humano sí es capaz de fidelidad, de abnegación, etc., pero son cosas difíciles de encontrar y de mantener. Así es como debe ser. Y el cariño, ¡ay! no suele ser incondicional. Porque, al fin y al cabo, el ser humano es egoísta, cualidad irrenunciable para nuestra libertad y nuestra dignidad. Sé que hay quien deplora el egoísmo como el peor defecto del ser humano. Quien así piensa suele usar, consciente o inconscientemente, la siguiente definición del genial Ambrose Bierce:
Egoísta: dícese de aquel que piensa más en sí mismo que en mí.
En definitiva: quiere a tu perro, ¡pero deja a las personas ser personas!
* Generalmente se atribuye a Pascal, aunque ignoro si es apócrifa.
miércoles, 19 de junio de 2013
Pollos
El agente Fernández entró en el despacho y dijo:
Cuando llegaron los dos policías al restaurante, les saludó un simpático pollo del tamaño de un ser humano y color amarillo brillante:
Los dos policías interrogaron a los empleados uno por uno en el despacho del propietario. No parecían saber nada ni conocer a las víctimas. Algunos recordaban haber visto a alguna de ellas en el restaurante, otros o no lo recordaban, o no les habían visto. Nada hacía sospechar que estuvieran mintiendo. Le llegó el turno al pollo parlante, que entró en el despacho con la cabeza de pollo bajo el brazo. Al ver esto, el Inspector Corral de pronto sintió unas nauseas insoportables. Manteniendo la compostura lo mejor que pudo, dijo al agente Fernández:
El Inspector Corral fumaba un poco apartado del restaurante y ya casi había logrado olvidarse de la visión del pollo parlante descabezado, cuando vio salir a Fernández, que curiosamente sonreía satisfecho y llevaba al hombre que había sido ese pollo (y seguía siéndolo en parte, sólo que ya no llevaba la cabeza) esposado. Sin la cabeza daba un poco menos de impresión, aunque el inspector no dejó de tener una pequeña arcada. Se acercó mientras Fernández metía al detenido en coche.
Aquella tarde el inspector no volvió por la oficina. Se le vio bebiendo en algunos bares de la zona, cosa que no solía hacer, y nadie sabe a qué hora volvió a casa. Se rumorea, aunque nadie ha podido probarlo, que pudo tener que ver con el incidente ocurrido esa misma noche en una granja de pollos cercana, donde alguien saltó la verja, forzó la cerradura del corral, y dejó sueltos (según los cálculos del propietario de la explotación) a unos cuatro mil pollos, la mayor parte de los cuales fueron hallados en las inmediaciones de la granja al día siguiente.
- Buenos días, inspector.
- ¿Algo nuevo acerca de los asesinatos? - preguntó el inspector.
- Bueno... poca cosa – contestó Fernández. - Sigo pensando que es un solo autor, pero el método es tan básico que no da muchas pistas. Heridas de arma blanca que pueden corresponder a un cuchillo de cocina, el tipo ha tenido cuidado de no dejar huellas y no dejarse ver... en fin, poca cosa. En cuanto a las víctimas...
- ¿Alguna relación entre ellas? - interrumpió el inspector.
- No... - dijo Fernández – Bueno... sí. Poca cosa. Casi nada, de hecho. Sólo hemos podido relacionarles en algo mínimo, que bien puede ser una casualidad. Poco antes de los hechos, cada uno de ellos había cenado en el Chicken Emporium, un lugar...
- ¿El sitio ese donde sirven un pollo frito auténticamente pésimo? - volvió a interrumpir el inspector. - ¿Uno que está en …? - e indicó una dirección.
- Es un lugar al que va mucha gente, así que no es una gran pista... y a mí, por cierto, sí me gusta.
- Yo fui una vez... se empeñó mi mujer - dijo el inspector. - En realidad, no me gusta el pollo. Creo que es un símbolo de la decadencia de la civilización occidental. Uno puede comer un filete de vaca y sentirse orgulloso de pertenecer a una especie que está en lo más alto de la cadena alimenticia. Pero comerse un indefenso pollo...
- Ya, - dijo Fernández, - sin embargo, tampoco el filete se defiende mucho cuando compra la bandeja en el supermercado, y al comerlo, como mucho, puede estar un poco duro, pero si la carne es buena y se cocina correctamente...
- No me entiende, Fernández... - respondió el inspector – Yo he matado muchos pollos, ¿sabe? Figuradamente unos cuantos, pero sobre todo literalmente. De niño vivía cerca de una granja, y mi madre los compraba vivos. No siempre me tocaba a mí, claro... Lo que pasa es que mi padre se hartó pronto de la tarea, mi madre no quiso saber nada y mi hermano era un inútil, así que casi siempre era yo quien les retorcía el pescuezo... En fin. ¿Vamos al emporio ese?
Cuando llegaron los dos policías al restaurante, les saludó un simpático pollo del tamaño de un ser humano y color amarillo brillante:
- ¡Bienvenidos al Chicken Emporium!
- ¿A quién se la ha ocurrido la idea de que ser recibidos por un pollo parlante va a incitar a los clientes a comer pollo?
Los dos policías interrogaron a los empleados uno por uno en el despacho del propietario. No parecían saber nada ni conocer a las víctimas. Algunos recordaban haber visto a alguna de ellas en el restaurante, otros o no lo recordaban, o no les habían visto. Nada hacía sospechar que estuvieran mintiendo. Le llegó el turno al pollo parlante, que entró en el despacho con la cabeza de pollo bajo el brazo. Al ver esto, el Inspector Corral de pronto sintió unas nauseas insoportables. Manteniendo la compostura lo mejor que pudo, dijo al agente Fernández:
- Ya sabes como va esto. ¿Te haces cargo? Voy a tomar el aire.
- Cómo no – respondió Fernández, aunque no le apetecía ocuparse él solo del interrogario.
El Inspector Corral fumaba un poco apartado del restaurante y ya casi había logrado olvidarse de la visión del pollo parlante descabezado, cuando vio salir a Fernández, que curiosamente sonreía satisfecho y llevaba al hombre que había sido ese pollo (y seguía siéndolo en parte, sólo que ya no llevaba la cabeza) esposado. Sin la cabeza daba un poco menos de impresión, aunque el inspector no dejó de tener una pequeña arcada. Se acercó mientras Fernández metía al detenido en coche.
- Pero bueno, Fernández, - dijo. - ¿Qué ha pasado?
- Es nuestro hombre, inspector – respondió con orgullo – Lo ha confesado todo. Al parecer, las víctimas, cuando estuvieron en el restaurante, se burlaron de su grotesco disfraz, y esto le sentó tan mal que, más tarde, averiguó el domicilio de cada una de ellas, las encontró, las espió durante unos días para decidir el momento más oportuno, y las mató. Siempre igual y por el mismo motivo. Sólo un autor, como sospechaba. Caso cerrado.
- ¿Puedes llevarlo a la comisaria? - dijo por fin en voz alta. - Creo... creo que no me siento muy bien. Necesito dar un paseo.
- Está bien, jefe, - respondió Fernández.
Aquella tarde el inspector no volvió por la oficina. Se le vio bebiendo en algunos bares de la zona, cosa que no solía hacer, y nadie sabe a qué hora volvió a casa. Se rumorea, aunque nadie ha podido probarlo, que pudo tener que ver con el incidente ocurrido esa misma noche en una granja de pollos cercana, donde alguien saltó la verja, forzó la cerradura del corral, y dejó sueltos (según los cálculos del propietario de la explotación) a unos cuatro mil pollos, la mayor parte de los cuales fueron hallados en las inmediaciones de la granja al día siguiente.
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