Soy un firme defensor de la excentricidad como forma de vida, como ideal ético y como manera de ver el mundo. Un excéntrico al que se le mete una idea grandiosa en la cabeza y se empeña en llevarla a cabo a pesar de su aparente insensatez, es un tesoro al que hay que cuidar y proteger. Esta clase de personas crea su propio mundo para hacer más rico y luminoso el mundo en el que vivimos los demás. Estoy convencido de que aquello que se dice de los locos, que están próximos al genio, se puede decir con mayor razón de los excéntricos.
Ayer hice una visita que tenía pendiente desde hace mucho tiempo. Fui a Mejorada del Campo, pequeña población de las afueras de Madrid. Este pueblo (en el que por cierto viví fugazmente cuando era pequeño y del que no guardo ningún recuerdo en absoluto, pues mi familia se mudó a Coslada cuando yo tenía dos años) no tendría ningún interés si no fuera por el insensato empeño de un solo hombre, Justo Gallego, alias Don Justo, alias "El loco de la catedral". Quizá algunos recordéis este anuncio de cierto refresco, que dio cierto renombre al personaje (incluso llegó a protagonizar una exposición en el MoMA de Nueva York). Este hombre admirable lleva cincuenta años construyendo por su cuenta (y sin apenas ayuda) una catedral hecha con materiales donados (en muchos casos defectuosos), sin un proyecto formal. Se trata de una construcción enorme inspirada vagamente por el estilo románico que Don Justo dice admirar. Para ser un proyecto tan artesanal tiene sus detalles grandiosos, como la cúpula central. Estéticamente, hay opiniones para todos los gustos: a mí me parece una maravilla. Hay que echarle un poco de imaginación para ver el resultado final, pues aunque las obras están avanzadas todavía queda mucho, pero sinceramente espero que se termine y podamos ver este magnífico templo terminado.
No soy creyente y por lo tanto la motivación religiosa de Justo Gallego no me emociona especialmente. Don Justo, sin duda, pensará que su trabajo es un simple vehículo para la obra de Dios. Yo considero que la inspiración religiosa es un simple vehículo para llevar a cabo esta excentricidad maravillosa.
Una maldición china dice: "¡Que vivas en tiempos interesantes!" Nos ha tocado
lunes, 17 de marzo de 2014
jueves, 20 de febrero de 2014
Otro microcuento
Un día nos dijeron "estáis viviendo por encima
de vuestras posibilidades", y nos redujeron a la supervivencia.
Y así seguimos hasta que nos dijeron
"estáis sobreviviendo por encima de vuestras posibilidades".
FIN
martes, 11 de febrero de 2014
Microcuento
El ruido era cada vez más intenso.
- Pero bueno, ¿qué pasa aquí? - grité.
El policía, en lo alto del terraplén, no pareció oírme. Ni siquiera me había visto.
- ¡¿Qué pasa aquí?! - volví a gritar.
Por fin me miró y gritó algo que no pude oír.
- ¡¿Qué pasa?! - insistí.
- ¡Nada! - respondió.
Creí haber oído mal.
- ¡Que qué pasa aquí! - grité más fuerte.
- ¡¡Nada!! - repitió el policía.
El estruendo era aún más fuerte, así que tuve que esforzarme para que se me oyera:
- ¡¡¡Cómo que nada!!!
- ¡¡¡No, que nades!!! - apenas me llegaron sus palabras por encima del estrépito.
Demasiado tarde, ya se me llevaba la corriente.
- Pero bueno, ¿qué pasa aquí? - grité.
El policía, en lo alto del terraplén, no pareció oírme. Ni siquiera me había visto.
- ¡¿Qué pasa aquí?! - volví a gritar.
Por fin me miró y gritó algo que no pude oír.
- ¡¿Qué pasa?! - insistí.
- ¡Nada! - respondió.
Creí haber oído mal.
- ¡Que qué pasa aquí! - grité más fuerte.
- ¡¡Nada!! - repitió el policía.
El estruendo era aún más fuerte, así que tuve que esforzarme para que se me oyera:
- ¡¡¡Cómo que nada!!!
- ¡¡¡No, que nades!!! - apenas me llegaron sus palabras por encima del estrépito.
Demasiado tarde, ya se me llevaba la corriente.
jueves, 6 de febrero de 2014
Las cárceles
Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
van por la tenebrosa vía de los juzgados:
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan.
Miguel Hernández
Hallan muerto en su celda al preso de Elorrio Arkaitz Bellón
...«no constaban antecedentes de patologías médicas que pudieran hacer predecible este desenlace» y que «su fallecimiento apunta a causas naturales», si bien se ha «ordenado la apertura de una información reservada»...
Las cárceles españolas son un agujero: si entras, nadie te ve, nadie quiere saber nada de ti... y es sospechosamente probable que mueras "por causas naturales" a los 35 años de edad en ausencia de "patologías médicas que pudieran hacer predecible este desenlace".
Nadie quiere saber nada, sólo eso explica que nos traguemos siempre lo que nos cuentan: que todas las denuncias de malos tratos, vejaciones y torturas son mentira, que los motines, cuando los hay, siempre están causados por presos violentos a los que les gusta el jaleo y nunca por reivindicaciones justas, que la dispersión tiene sentido, que la finalidad del sistema penitenciario español es la reinserción aunque no se reinserte nadie...
¿Para qué están los muros de una prisión? ¿Para que los presos se queden dentro o para que los de fuera no vean lo que pasa? Si es por lo segundo, son innecesarios: más altos son los muros de la indiferencia. Sólo en el País Vasco hay quien se preocupa por los presos... pero claro, eso es porque son ETA. Reivindicar que un preso tiene derechos humanos es terrorismo. Reivindicar que los familiares no tienen que ser condenados a realizar frecuentes viajes que a veces son de miles de kilómetros es ETA.
¡Basta! No se puede mirar siempre para otro lado. Si los encierran en TU nombre, es TU responsabilidad. Es TU humanidad la que está en juego. ¡Reacciona!
Un poco de lectura:
http://puntodefuga.org/
http://www.etxerat.info/index.php?lang=es
http://www.rebelion.org/docs/127675.pdf
https://www.facebook.com/pages/HUYE-HOMBRE-HUYE/248590351831364
http://www.es.amnesty.org/noticias/noticias/articulo/amnistia-internacional-lamenta-el-rechazo-de-espana-de-las-recomendaciones-de-investigar-las-desapar/?sword_list[]=espa%C3%B1a&sword_list[]=tortura&no_cache=1
http://www.es.amnesty.org/grupos-locales/navarra/grupos/pamplona/paginas/opinion/justicia-y-derechos-humanos/?sword_list[]=c%C3%A1rceles&sword_list[]=espa%C3%B1olas&no_cache=1
miércoles, 5 de febrero de 2014
BANDO
EL EXCELENTÍSIMO ALCALDE DE ESTA VILLA, ante el aumento súbito del nivel de riesgo de Apocalipsis que se ha anunciado en nuestra comarca, HACE SABER:
1. Que este Ayuntamiento, al igual que los gobiernos regional y nacional, SE OPONE TERMINANTEMENTE AL APOCALIPSIS
2. Que para que así conste, desde esta fecha en adelante, se declara PERSONA NON GRATA al APOCALIPSIS
3. Que este Ayuntamiento, su Excelentísimo Alcalde y sus Ilustrísimos Concejales harán todo lo que esté en su mano para evitar en lo posible el Apocalipsis y sus consecuencias
4. Que ya se han tomado medidas muy oportunas a tal efecto
5. Que lo de oportunas no es porque lo digamos nosotros sino porque es así
6. Que entre las medidas tomadas están las siguientes: velas a Santa Brígida, convocatoria de una Oposición extraordinaria para la creación de un cuerpo de Funcionarios Penitentes, evasión de capitales (personales) a Suiza para ponerlos a salvo del Apocalipsis, juicio sumarísimo y posterior ejecución de todos los ediles de la oposición por contubernio pro-apocalíptico, encargo a la empresa Contratas y Cohechos S.L. de un millar de camisetas con el lema “NO AL APOCALIPSIS”, que se repartirán entre la población en fecha próxima, creación de una Comisión Municipal Extraordinaria para Seguimientos de Fenómenos Apocalípticos cuya primera reunión se celebrará este fin de semana en la localidad caribeña de Punta Cana (por motivos de seguridad)
7. Que, a pesar de las diligentes medidas de este Consistorio, debido a la persistencia de un nivel alto de riesgo de Apocalipsis, no es posible garantizar el bienestar, el patrimonio, la salud o la vida de los ciudadanos
8. Que, semanalmente, se publicará un Pronóstico Semanal Municipal de Riesgo de Apocalipsis, que será expuesto en la puerta del Ayuntamiento y reproducido en la Hoja Parroquial de la Iglesia
9. Que los días de alto riesgo de Apocalipsis no se aconseja bajo ningún concepto a los ciudadanos realizar las siguientes actividades: salir de casa, quedarse en casa, viajar, permanecer en el pueblo, comer, ayunar, hacer ejercicio, descansar, dormir, velar, recitar el alfabeto del revés o del derecho, beber bebidas alcohólicas, permanecer sobrio, hurgar narices propias o ajenas, reír, llorar, correr por el vecindario en pelotas gritando “¡YA LLEGA EL APOCALIPSIS, VÁIS A MORIR TODOS!” o cometer pecados, ya sean veniales o capitales, que comprometan la Vida Eterna tras una inminente y más que probable muerte causada por el Apocalipsis
En virtud de todo lo expuesto en los puntos anteriores, el Excelentísimo Alcalde de esta localidad, ORDENA:
1. QUE CUNDA EL PÁNICO
A 5 de febrero de 2014, Francisco Barde, Excelentísimo Alcalde de Fuentetruño de Abajo
martes, 28 de enero de 2014
La confusión
Era una mañana como cualquier otra. Desayunaba,
como suelo hacer, sentado delante del televisor antes de ir al trabajo,
viendo noticias. Ya me había duchado, tenía mi café, me sentía bien, descansado
y un poco somnoliento. No tenía ganas de ir a trabajar pero tenía ya la ropa
puesta para ir a trabajar (el traje de Armani, la camisa no sé si era la de
Armani o la de los chinos, son muy parecidas) y todo estaba en su sitio.
Entonces, de repente, esa mañana que no era diferente en nada a otra
cualquiera, oí mi nombre en las noticias. Habían quebrado mis empresas. Me
quedé de piedra unos buenos cinco minutos, sin poder hacer nada. Después me di
cuenta de que me había tirado el café en la camisa. Fui al vestidor a cambiarme
y cogí la camisa de Armani o la de los chinos (en fin, la otra, ya dije que son
como gotas de agua). Luego consulté en Internet (desde mi iPhone nuevo) el
número de la cadena de televisión. Llamé y dije al teleoperador:
- Soy ------. Quiero hablar con el redactor
jefe de noticias.
Me sorprendió lo rápido que me pasaron.
- Señor ------, en qué puedo ayudarle.
- ¿Qué es eso de que han quebrado mis empresas?
- le espeté.
- Usted sabrá - contestó.
- Yo no sé nada de ninguna quiebra, ni de
ninguna empresa. ¿Qué empresas dice que han quebrado? No tengo ninguna.
- ¿Me puede decir de qué vive usted, señor
------?
- De mi salario, naturalmente. Soy
administrativo en una empresa del sector textil...
- ¿Administrativo? ¡Usted posee empresas del
sector textil! ¿Hablo con el señor ------ que vive en la calle ------?
- El mismo, y no, no tengo ninguna empresa.
- A mí que me cuenta. Están a su nombre. Aunque
ya sé que en realidad no. Porque no es usted el señor ------, sino algún
mamarracho al que no he colgado hace ya un rato porque quiero que sea
plenamente consciente de lo mamarracho que es. Váyase a la mierda.
Y colgó.
Pensé que ya me ocuparía del asunto, pero tenía
que ir a trabajar. Desde luego, en su debido momento se iban a enterar. ¡Contar
mentiras de la gente y luego tratarles como locos! ¿Dónde se había visto eso?
Hablaría con mis abogados… ¡Y qué modales! ¿Mamarracho yo? Pensando en cómo
hacer tragar al plumilla ese sus palabras, llegué a mi plaza de garaje y me monté
en el coche. Con mi Ferrari (y la habilidad al volante de mi chofer, todo hay
que decirlo) llegué enseguida a la oficina. Estaban todos los compañeros a las
puertas del edificio y parecían inquietos. Algunos llevaban pancartas
evidentemente improvisadas. Creía que me volvía loco aquella mañana. ¿Qué
pasaba? Fui a entrar al garaje para aparcar en mi plaza, pero estaba cerrado.
Tuve que aparcar cinco manzanas más allá, en un barrio perfecto para dejar
aparcado un Ferrari, pero no quiero hablar de eso porque me adelanto a la
historia. Sí, me lo robaron, con el chófer dentro, pero en fin, fui andando de
vuelta a la oficina.
Cuando llegué, unos cuantos compañeros se
abalanzaron sobre mí, y no con intención de comunicarme su afecto precisamente.
¿Yo qué les había hecho? Intervino para frenar la agresión nada menos que el
señor Gutiérrez, mano derecha del jefe. Puso calma y me dijo un poco aparte:
- Me temo que los empleados están un poco
descontentos. Será mejor que nos alejemos de aquí.
Me alejé, en efecto, caminando con el señor
Gutiérrez. Me ofreció un pitillo, llamándome por mi nombre, y me lo dio de la
marca que fumo. Me sentía bien por una vez, arropado por la empresa. Yo tenía
la razón de mi parte, pues el asalto había sido del todo injustificado y me reconfortaba
saber que don Francisco (pues la repentina confianza que mostraba hacia mí me
hacía pensar en él usando su nombre de pila), como agudo observador que era,
había podido comprobar que no había sido yo el que había ido a la oficina con
ánimo de crear problemas. Sin embargo, después de aquella mañana de
sobresaltos, no podía estar del todo tranquilo. Ya medio esperaba que pasara
algo para demostrar que mi repentina sensación de seguridad era tan solo un
espejismo. Sólo quería disfrutar lo que durase aquel engaño, tomarme un
respiro. No duró mucho. Una vez que nos alejamos suficiente de las miradas
indiscretas y los oídos diestramente sintonizados, a Gutiérrez le cambió la
cara:
- Las cosas están mal. Hay una demanda... -
dijo.
Sentí un leve mareo.
- ¿Demanda? - respondí.
- Sí, colectiva contra...
- No me encuentro bien. Disculpe.
- ...contra usted. Oiga... se ha puesto pálido.
- Perdone, - dije, y me alejé de él.
Fui caminando hacia mi coche. Realmente no me
encontraba nada bien, pero pensé que alejarme de allí me repondría al instante.
Al fin y al cabo, no parecía que hoy se trabajase y estaba plenamente
justificado porque todo el mundo se había vuelto loco. ¿Qué mejor motivo para
tomarme un día libre? Pensé en comer en mi restaurante preferido (brindaría con
el chef por su reciente segunda estrella Michelin), y luego quizá iría al
casino y jugaría a la ruleta... rusa, pensé en ese momento. Francesa, me
corregí enseguida. El lapsus demostraba que aún no me había recuperado de mi
mañana horrible, pero el plan era inmejorable. Lo conseguiría. Desconectaría de
la repentina demencia general y quizá se curaría tan de pronto como había
comenzado. Entonces volvería a mi vida como si nada hubiera pasado.
Así pensaba cuando llegué al lugar donde debía
estar el coche. La plaza de aparcamiento estaba tan vacía de mi vehícula como
mi cabeza de pensamientos. Me quedé en blanco. Por suerte un mendigo me asaltó
a los pocos minutos, arrojándome a la cara su pobreza hedionda (tan ofensiva
para los ojos como para las narices) y murmurando algo acerca de una
limosna-por-favor-no-es-para-drogas-es-para-comer, lo que me hizo salir de mi
estupor y de aquel lugar (por patas).
Cuando me cansé de correr, caminé sin rumbo por
aquel barrio. No sé cuántas horas duró la caminata, ni cuántos altos hice en el
camino para beber vasos de vino no apto para el consumo humano en cochambrosas
tabernas con más cucarachas que clientela. Esperaba aclararme las ideas con el
infecto licor, pero sólo conseguía embotarme más. Caminé y caminé hasta
encontrarme, sin saber cómo, arrastrando los pies por un descampado lúgubre a
la luz de la luna, cantando etílicas canciones con voz ronca.
De pronto, vi a lo lejos la silueta de un
hombre. Él también me había visto y venía hacia mí deprisa. Quise correr para
escaparme del presunto bandido (también presunto violador, asesino, vendedor
ambulante, etc.). Sólo conseguí dar dos torpes zancadas antes de caer al suelo.
Cuando el hombre se acercó lo suficiente, pude distinguir sus rasgos. ¡Se
trataba de mi chófer!
-
¡Hijo de puta! – gritó, y me atizó
un puñetazo en la cara.
-
Pero, ¿qué he hecho? – dije,
asustado.
-
¡Por su culpa me han pegado una
paliza, me han robado la cartera y me han dejado en este descampado! – enumeró
- ¡He estado inconsciente hasta hace poco! Será cabronazo…
-
¡Y a mí me han robado el Ferrari!
– respondí al tiempo que gimoteaba.
-
¡A la mierda su Ferrari! –
concluyó él, dándome otro puñetazo, esta vez en el estómago, y se sentó a mi
lado.
Permanecimos sentados en silencio. De vez en
cuando yo abría la boca para tratar de decir algo, pero él me lanzaba miradas
asesinas que me paraban en seco. De todas formas, no sabía qué decir.
-
No debía haberme quedado en aquel
lugar, - arrancó por fin mi chófer – Se lo dije. Un Ferrari en un barrio como
aquel, ¿a quién se le ocurre? Podría haber vuelto a casa, para luego regresar a
recogerle. Pero claro, usted no tiene ni idea de lo que significa un Ferrari en
un barrio pobre. “No, no te vayas. Quiero que esperes a que salga del trabajo”.
De nuevo se hizo el silencio. Yo empezaba a
tener frío y quería irme de aquel lugar, pero no me atrevía a decir nada por
temor a que me cayeran más puñetazos. Con dos iba servido. Se me hizo eterna la
espera.
-
Hace frío, - dijo él al cabo de
los siglos (minutos, supongo).
Asentí. Él se levantó y echó a andar hacia la
ciudad. Caminaba rápido. Le pedí a gritos que me esperase, pero no aflojó el
paso. Me puse de pie y le seguí. Tenía frío así que metí las manos en los
bolsillos de la americana para calentarlas, con poco éxito. Noté que tenía los
bolsillos llenos de papeles arrugados. Cruzamos el descampado sin decir
palabra. Cuando llegamos al borde de la ciudad, él se detuvo y yo también.
Quizá él pensaba hacia donde ir; yo no pensaba nada. Sin darme apenas cuenta de
lo que hacía, saqué uno de los papeles del bolsillo. No pude ver lo que era:
una ráfaga de viento me lo arrebató de las manos entumecidas por el frío.
Empecé a sacar más papeles: eran billetes de 500 euros. ¡Decenas de billetes!
Mis manos torpes no podían retenerlos. Los billetes volaban como una bandada de
pájaros que ha perdido la orientación, como mariposas ciegas o como capitales
en pena buscando un paraíso fiscal donde posarse y descansar de la fiscalidad
progresiva. Revoloteaban sin rumbo, a merced de las ráfagas de viento helado
que los sacudían de aquí para allá. Pronto se perdían en la oscuridad sin
despedirse. Cuando quise darme cuenta, ya apenas me quedaban papelitos. Luché
por retener los últimos, pero mis dedos sólo pudieron agarrarse a uno. ¡El
último! Quinientos euros. Con ese dinero podría…
-
¿Qué es eso? – preguntó mi chófer,
que de pronto se había percatado de la alocada fuga de capitales.
Me arrebató el billete de las manos y lo miró.
-
Ya sé lo que es. ¡Mi compensación
por la paliza de antes! – dijo y salió corriendo.
No pude seguirle. Estaba demasiado cansado.
Vagué por la ciudad. A esas alturas ya no sabía
quién era. No era un magnate, ni siquiera un magnate arruinado. Tampoco un
modesto subalterno. No podía volver a mi casa: si ya no era el que había sido,
mi casa tampoco sería mi casa. Buscaba un lugar donde caerme muerto por barrios
que parecían construidos para almacenar más que alojar a las clases bajas.
Iluminado a trechos por las pocas farolas que no estaban rotas, caminaba sin
sentir nada. Por fin llegué a una esquina que me resultaba vagamente familiar.
En el suelo había unos cartones vacantes. Entre los cartones había uno en el
que estaba escrita la siguiente leyenda:
“No soy nadie. Una
limosna para nadie, por favor”
Supe que había encontrado mi lugar y me senté
sobre los cartones. Así acaba la historia de cómo llegué aquí. ¿Y tú?
jueves, 9 de enero de 2014
Una recomendación
Este martes vi la entrevista que hizo Joaquín Soler Serrano a Juan Carlos Onetti en "A fondo" de TVE; hace tiempo vi la de Borges en el mismo programa. La primera es de 1976 y la segunda de 1980. Aparte de que me parecen dos autores imprescindible, las entrevistas me devuelven un tiempo en el que cabía en la televisión algo que ahora está del todo ausente: ¡el silencio! Al principio puede resultar incómodo porque no estamos acostumbrados a que haya una pausa entre pregunta y respuesta, pero luego uno se da cuenta de que esa pausa está ahí por un buen motivo. ¡Es el tiempo que se toma el entrevistado para pensar! Hoy en día, en una entrevista televisiva no se permiten tales pausas, pues no se confía en que los espectadores podamos mantener la atención. ¡Y es cierto que cuesta! Pero en una entrevista moderna, aparentemente más comprimida, no pasa nada. Absolutamente nada, precisamente porque no existe ese tiempo necesario para el pensamiento. O bien el entrevistado de turno tiene ya las respuestas pensadas de antemano, o contesta lo primero que se le pasa por la cabeza.
Por cierto, tampoco vienen mal esos tiempos muertos para el espectador. Gracias a ellos, uno puede pensar y sacar sus propias conclusiones, en vez de verse inundado por un torrente de palabras que pasan sin dejar huella. Quizá deberíamos volver a esos tiempos más pausados.
Aquí tenéis los enlaces. Espero que disfrutéis de las entrevistas.
Borges
Onetti
Por cierto, tampoco vienen mal esos tiempos muertos para el espectador. Gracias a ellos, uno puede pensar y sacar sus propias conclusiones, en vez de verse inundado por un torrente de palabras que pasan sin dejar huella. Quizá deberíamos volver a esos tiempos más pausados.
Aquí tenéis los enlaces. Espero que disfrutéis de las entrevistas.
Borges
Onetti
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