Este martes vi la entrevista que hizo Joaquín Soler Serrano a Juan Carlos Onetti en "A fondo" de TVE; hace tiempo vi la de Borges en el mismo programa. La primera es de 1976 y la segunda de 1980. Aparte de que me parecen dos autores imprescindible, las entrevistas me devuelven un tiempo en el que cabía en la televisión algo que ahora está del todo ausente: ¡el silencio! Al principio puede resultar incómodo porque no estamos acostumbrados a que haya una pausa entre pregunta y respuesta, pero luego uno se da cuenta de que esa pausa está ahí por un buen motivo. ¡Es el tiempo que se toma el entrevistado para pensar! Hoy en día, en una entrevista televisiva no se permiten tales pausas, pues no se confía en que los espectadores podamos mantener la atención. ¡Y es cierto que cuesta! Pero en una entrevista moderna, aparentemente más comprimida, no pasa nada. Absolutamente nada, precisamente porque no existe ese tiempo necesario para el pensamiento. O bien el entrevistado de turno tiene ya las respuestas pensadas de antemano, o contesta lo primero que se le pasa por la cabeza.
Por cierto, tampoco vienen mal esos tiempos muertos para el espectador. Gracias a ellos, uno puede pensar y sacar sus propias conclusiones, en vez de verse inundado por un torrente de palabras que pasan sin dejar huella. Quizá deberíamos volver a esos tiempos más pausados.
Aquí tenéis los enlaces. Espero que disfrutéis de las entrevistas.
Borges
Onetti
Una maldición china dice: "¡Que vivas en tiempos interesantes!" Nos ha tocado
jueves, 9 de enero de 2014
jueves, 2 de enero de 2014
Entre coche y andén
- Bienvenido, caballero.
- Gracias. Disculpe…
…
- Hola de nuevo.
- ¿Otra vez usted? No tengo tiempo. Adiós.
…
- De nuevo por aquí, ¿eh?
- Sí, sí.. no me moleste, me voy.
…
- Oiga, no se canse… es inútil.
- ¡Tengo que irme, no insista!
…
- ¿Se da por vencido?
- ¡Maldita sea! ¿No hay manera?
- No la hay. ¿Ha seguido usted las indicaciones hacia “C/ Pez”?
- Claro, es lo primero que he hecho. Me he encontrado un corredor, luego unas escaleras, otro corredor, otras escaleras…
- …y ha vuelto aquí. ¿Y los letreros de “Línea 8”, los ha seguido también?
- ¡Pues sí! Más de lo mismo. Pasillos, escaleras… en un momento dado, un corredor a la derecha y otro a la izquierda… pero soy muy metódico: he seguido uno y luego otro. En ambos casos he llegado aquí.
- Y supongo que también habrá visto los carteles con el rótulo “Intercambiador”.
- ¡También los he seguido! Con el mismo resultado. Se me tiene que haber pasado algo por alto, porque creo haber recorrido todos los caminos posibles.
- No señor, no se le ha pasado nada por alto. Se lo puedo asegurar, llevo mucho tiempo en esta estación de metro, mucho más tiempo del necesario para garantizarle que conozco cada rincón de la misma.
- Entonces, ¿esto es todo?
- Así es, esto es todo. No es lo que se imaginaba, ¿verdad?
- Naturalmente que no.
- Es cierto, no es lo que se imagina nadie. En fin, ¡sígame!
- ¿Es seguro andar por las vías?
- Tenga cuidado para no tropezar con las traviesas, que son un poco revoltosas y no hay mucha luz en el túnel. Por lo demás, sí es seguro.
- De acuerdo. Lo que le decía, yo esperaba algo muy diferente a esto. ¡Me lo he imaginado tantas veces! A diario he escuchado ese terrible aviso…
- “Estación en curva. Tenga cuidado de no introducir el pie entre coche y andén”.
- ¡Nunca he podido escuchar esas palabras sin que un estremecimiento me recorriera todo el cuerpo! Siempre voy con mucho cuidado para no introducir el pie. Sin embargo, hoy no dijeron nada. Estaba estropeado el sistema de megafonía y no pudieron dar el aviso. Sólo eso explica cómo pude distraerme…
- …e introducir el pie entre coche y andén.
- Eso. Lo introduje. Hasta el fondo. Como es normal, fui arrastrado hacia abajo por la fuerza de la gravedad, sólo que justo en ese momento la realidad se dio la vuelta como un calcetín, y supongo que debajo dejó de ser abajo para ser arriba, de manera que entonces el pie que al otro lado caía, empezó a ascender y así salió expulsado del hueco de la vía para finalmente aterrizar, un tanto confusamente pero con firmeza, sobre el andén. Hasta ahí, más o menos lo esperado.
- Claro…
- ¿Sabe? Como todo el mundo, he especulado miles de veces sobre lo que podía haber entre coche y andén…
- …una realidad paralela…
- …en la que nada es lo que siempre ha sido, sino otra cosa completamente distinta. Donde arriba puede ser abajo y el Bien puede ser el Mal.
- ¡Y no es eso lo peor que uno puede imaginarse!
- No, efectivamente. Eso no dejaría de ser una sustitución relativamente sencilla de conceptos espaciales por conceptos espaciales, o conceptos morales por conceptos morales. Mucho peor sería una realidad paralela en la que, por ejemplo, arriba puede ser mojado, el Mal puede ser el color verde…
- …y la suma del cuadrado de los catetos puede ser un perro pekinés.
- Una realidad paralela caótica y terrible.
- ¡Algo digno de una gran ciudad como Madrid!
- Un infierno en condiciones.
- ¡Eso es! Pero lo que nunca pensó…
- ¡Maldita sea! ¡Es la misma estación!
- Así es. Antes le dije que había recorrido todos los caminos. No era del todo cierto: le faltaba uno. Ya los ha recorrido todos.
- Nunca pensé que entre coche y andén habría…
- …una realidad paralela tan pequeñita.
- Ni por asomo. En fin, espero que por lo menos podamos volver a nuestra realidad introduciendo, otra vez, el pie entre coche y andén.
- Me parece que no entiende. Acabamos de recorrer la red de metro completa. ¿Ha visto algún tren?
- No.
- Pues eso. ¿Cómo pretende introducir el pie entre coche y andén? El andén lo tenemos aquí, pero ¿y el coche?
- No hay.
- Eso es, y por lo tanto…
- ¡Estamos atrapados!
- Buena deducción.
- ¿Pero cómo es posible que haya una cosa tan cutre entre coche y andén? Francamente, es una decepción.
- Yo tengo una teoría.
- ¡Anda! No sabía que había teorías en este lugar.
- Sólo una, y porque la he pensado yo. Este sitio no da para mucho más.
- Claro, claro. Pues cuénteme su teoría, si es tan amable.
- Allá va. He llegado a la conclusión de que sí existió, hace años, ese infierno que todos hemos imaginado, con toda su confusión, su desesperación y su rechinar de dientes.
- ¿Y qué pasó, pues?
- Lo que pasó es que el Ayuntamiento de Madrid se endeudó hasta las cejas y empezaron a hacer recortes por todos los lados… al final, tuvieron que recortar incluso servicios básicos tan importantes como las realidades paralelas entre coche y andén.
- ¿Sabe qué? Tiene sentido esa teoría.
- Gracias. Por supuesto, también hay que tener en cuenta que el poco presupuesto que pudiera quedar para realidades paralelas lo han gastado las autoridades municipales construyendo castillos en el aire.
- Y que lo diga.
- Y eso nos deja a nosotros aquí, atrapados en una realidad recortada, limitadísima, increíblemente aburrida…
- ¡Para siempre!
- Para toda la eternidad o hasta que el Ayuntamiento salga de números rojos y se anime a ampliar esto.
- ¡Eso! O hasta que, en un futuro lejano, los trenes de metro tengan pies, para que así uno de los coches pueda introducir uno de sus pies entre coche (otro coche distinto, se entiende) y andén, y de esa manera aparezca en esta estación y podamos nosotros introducir a su vez nuestros pies entre este andén y ese hipotético coche un poco patoso del futuro y volvamos a la realidad de la que procedemos.
- Lo cual es casi tan improbable como que se arreglen las cuentas del Ayuntamiento.
- Me temo que sí…
- Paciencia.
- Gracias. Disculpe…
…
- Hola de nuevo.
- ¿Otra vez usted? No tengo tiempo. Adiós.
…
- De nuevo por aquí, ¿eh?
- Sí, sí.. no me moleste, me voy.
…
- Oiga, no se canse… es inútil.
- ¡Tengo que irme, no insista!
…
- ¿Se da por vencido?
- ¡Maldita sea! ¿No hay manera?
- No la hay. ¿Ha seguido usted las indicaciones hacia “C/ Pez”?
- Claro, es lo primero que he hecho. Me he encontrado un corredor, luego unas escaleras, otro corredor, otras escaleras…
- …y ha vuelto aquí. ¿Y los letreros de “Línea 8”, los ha seguido también?
- ¡Pues sí! Más de lo mismo. Pasillos, escaleras… en un momento dado, un corredor a la derecha y otro a la izquierda… pero soy muy metódico: he seguido uno y luego otro. En ambos casos he llegado aquí.
- Y supongo que también habrá visto los carteles con el rótulo “Intercambiador”.
- ¡También los he seguido! Con el mismo resultado. Se me tiene que haber pasado algo por alto, porque creo haber recorrido todos los caminos posibles.
- No señor, no se le ha pasado nada por alto. Se lo puedo asegurar, llevo mucho tiempo en esta estación de metro, mucho más tiempo del necesario para garantizarle que conozco cada rincón de la misma.
- Entonces, ¿esto es todo?
- Así es, esto es todo. No es lo que se imaginaba, ¿verdad?
- Naturalmente que no.
- Es cierto, no es lo que se imagina nadie. En fin, ¡sígame!
- ¿Es seguro andar por las vías?
- Tenga cuidado para no tropezar con las traviesas, que son un poco revoltosas y no hay mucha luz en el túnel. Por lo demás, sí es seguro.
- De acuerdo. Lo que le decía, yo esperaba algo muy diferente a esto. ¡Me lo he imaginado tantas veces! A diario he escuchado ese terrible aviso…
- “Estación en curva. Tenga cuidado de no introducir el pie entre coche y andén”.
- ¡Nunca he podido escuchar esas palabras sin que un estremecimiento me recorriera todo el cuerpo! Siempre voy con mucho cuidado para no introducir el pie. Sin embargo, hoy no dijeron nada. Estaba estropeado el sistema de megafonía y no pudieron dar el aviso. Sólo eso explica cómo pude distraerme…
- …e introducir el pie entre coche y andén.
- Eso. Lo introduje. Hasta el fondo. Como es normal, fui arrastrado hacia abajo por la fuerza de la gravedad, sólo que justo en ese momento la realidad se dio la vuelta como un calcetín, y supongo que debajo dejó de ser abajo para ser arriba, de manera que entonces el pie que al otro lado caía, empezó a ascender y así salió expulsado del hueco de la vía para finalmente aterrizar, un tanto confusamente pero con firmeza, sobre el andén. Hasta ahí, más o menos lo esperado.
- Claro…
- ¿Sabe? Como todo el mundo, he especulado miles de veces sobre lo que podía haber entre coche y andén…
- …una realidad paralela…
- …en la que nada es lo que siempre ha sido, sino otra cosa completamente distinta. Donde arriba puede ser abajo y el Bien puede ser el Mal.
- ¡Y no es eso lo peor que uno puede imaginarse!
- No, efectivamente. Eso no dejaría de ser una sustitución relativamente sencilla de conceptos espaciales por conceptos espaciales, o conceptos morales por conceptos morales. Mucho peor sería una realidad paralela en la que, por ejemplo, arriba puede ser mojado, el Mal puede ser el color verde…
- …y la suma del cuadrado de los catetos puede ser un perro pekinés.
- Una realidad paralela caótica y terrible.
- ¡Algo digno de una gran ciudad como Madrid!
- Un infierno en condiciones.
- ¡Eso es! Pero lo que nunca pensó…
- ¡Maldita sea! ¡Es la misma estación!
- Así es. Antes le dije que había recorrido todos los caminos. No era del todo cierto: le faltaba uno. Ya los ha recorrido todos.
- Nunca pensé que entre coche y andén habría…
- …una realidad paralela tan pequeñita.
- Ni por asomo. En fin, espero que por lo menos podamos volver a nuestra realidad introduciendo, otra vez, el pie entre coche y andén.
- Me parece que no entiende. Acabamos de recorrer la red de metro completa. ¿Ha visto algún tren?
- No.
- Pues eso. ¿Cómo pretende introducir el pie entre coche y andén? El andén lo tenemos aquí, pero ¿y el coche?
- No hay.
- Eso es, y por lo tanto…
- ¡Estamos atrapados!
- Buena deducción.
- ¿Pero cómo es posible que haya una cosa tan cutre entre coche y andén? Francamente, es una decepción.
- Yo tengo una teoría.
- ¡Anda! No sabía que había teorías en este lugar.
- Sólo una, y porque la he pensado yo. Este sitio no da para mucho más.
- Claro, claro. Pues cuénteme su teoría, si es tan amable.
- Allá va. He llegado a la conclusión de que sí existió, hace años, ese infierno que todos hemos imaginado, con toda su confusión, su desesperación y su rechinar de dientes.
- ¿Y qué pasó, pues?
- Lo que pasó es que el Ayuntamiento de Madrid se endeudó hasta las cejas y empezaron a hacer recortes por todos los lados… al final, tuvieron que recortar incluso servicios básicos tan importantes como las realidades paralelas entre coche y andén.
- ¿Sabe qué? Tiene sentido esa teoría.
- Gracias. Por supuesto, también hay que tener en cuenta que el poco presupuesto que pudiera quedar para realidades paralelas lo han gastado las autoridades municipales construyendo castillos en el aire.
- Y que lo diga.
- Y eso nos deja a nosotros aquí, atrapados en una realidad recortada, limitadísima, increíblemente aburrida…
- ¡Para siempre!
- Para toda la eternidad o hasta que el Ayuntamiento salga de números rojos y se anime a ampliar esto.
- ¡Eso! O hasta que, en un futuro lejano, los trenes de metro tengan pies, para que así uno de los coches pueda introducir uno de sus pies entre coche (otro coche distinto, se entiende) y andén, y de esa manera aparezca en esta estación y podamos nosotros introducir a su vez nuestros pies entre este andén y ese hipotético coche un poco patoso del futuro y volvamos a la realidad de la que procedemos.
- Lo cual es casi tan improbable como que se arreglen las cuentas del Ayuntamiento.
- Me temo que sí…
- Paciencia.
jueves, 19 de diciembre de 2013
Curiosités de Paris
A
(Foto de la torre Eiffel)
En París, los edificios de viviendas están casi vacíos, pues solo se habitan las buhardillas, donde los parisinos (que son todos bohemios e intelectuales) escriben novelas vanguardistas. Pocas de esas novelas llegan a publicarse: la mayoría se las comen. ¿No sabías que los parisinos se alimentan de novelas vanguardistas?
Cuando los parisinos no están escribiendo novelas o comiéndoselas, suelen agruparse (normalmente de dos en dos) para realizar una de las siguientes actividades: follar, fornicar, hacer el amor, faire l'amour o criticar las novelas vanguardistas ajenas.
No es que los parisinos sean promiscuos. Es que tienen que hacer muchos niños para que nos los traigan las cigüeñas.
Las borracheras parisinas suelen ser poéticas, místicas o filosóficas. Sin embargo, llegados a cierto punto acaban vomitando como todo el mundo. Los vómitos no son ni poéticos ni místicos ni filosóficos, son tan asquerosos como cualquier vómito (como mucho puede quedar alguna frase bellamente construida pero mal masticada de la novela de la cena).
Sin duda ser un clochard tiene más glamour que ser un mendigo, lo que pasa es que a los clochards (como a los mendigos) el glamour se la suda mucho.
La mayoría de las tripulaciones de los bateaux-mouches que circulan por el Sena están compuestas por piratas retirados que han cambiado las patas de palo por modernas piernas ortopédicas que apenas se notan.
La Torre Eiffel, en realidad, es un "Transformer". El día que alguien encuentre el botón y lo pulse, se convertirá en un robot gigante que saltará por encima del Sena, recorrerá las calles sembrando el caos y la destrucción, llegará a la Place Charles de Gaulle, y se cargará el Arco de Triunfo de una patada. Por algún motivo, siempre le ha tenido manía.
Hubo un parisino que no sabía escribir novelas vanguardistas y tenía que conformarse con escribir novelas convencionales. Naturalmente, al comérselas le sentaban fatal a su delicado estómago parisino. Murió atragantado por un cliché.
viernes, 13 de diciembre de 2013
Castilla, ¿nación imposible?
Hoy dejo a un lado los relatos para hablaros de un tema que tenía pendiente. Desde hace ya bastante tiempo, no me siento identificado con la nación española, por razones que no vienen al caso. Ahora bien, si no soy español, mi única opción es ser castellano, pues es la única identidad nacional que me queda. Lo cual me lleva a preguntarme, ¿es Castilla realmente una nación? Desde luego, lo ha sido, y como tal tiene su historia. Una historia que sin embargo no nos ha dejado con unos límites definidos de lo que hoy podría ser Castilla, por dos motivos. En primer lugar, es una nación que se consolidaba al mismo tiempo que se expandía, durante la Reconquista. En segundo lugar, tras dicha consolidación Castilla se integró en una unidad superior, España, en la que se diluyó al aportar a ésta su propia cultura como base para la cultura española, y su propio idioma (el castellano) como idioma común de España (es por eso que también se le llama "idioma español"). Naturalmente, no es un caso único: todas las naciones que actualmente forman el estado español pueden tener distintas interpretaciones territoriales (por ejemplo, Països Catalans o Catalunya por un lado, Valencia por otro y Baleares por otro; Euskal Herria o Euskadi como entidad distinta a Navarra, etc.). Sin embargo, Castilla es, en mi opinión, un caso extremo, como me propongo demostrar en el resto de la entrada, que será más que nada una recopilación de mapas.
La idea territorial de Castilla que hoy en día defiende mayoritariamente el castellanismo político se basa en el Pacto Federal Castellano de 1869 e incluye todas las provincias que actualmente forman Castilla y León (León, Zamora, Salamanca, Palencia, Valladolid, Ávila, Burgos, Soria y Segovia) más las provincias de Castilla-La Mancha (Toledo, Cuenca, Guadalajara, Albacete y Ciudad Real) más las autonomías uniprovinciales de Madrid, La Rioja y Cantabria. Es por ello que se llama a veces la Castilla de las 17 provincias, que veremos en el siguiente mapa pintadas de "morado comunero":
Y las 12 menos La Mancha:
Como se comprenderá, la cuestión cántabra es independiente de la riojana, así como ambas son independientes de la cuestión leonesa y de la disputa de Utiel-Requena: esto nos daría unos cuantos mapas más que no voy a incluir.
¿Hemos agotado ya las distintas visiones territoriales de Castilla? No, aún nos queda hablar del carreterismo de los segovianos Luis Carretero y su hijo Anselmo Carretero. Según sus tesis, León y Castilla son entes separados, y tampoco incluyen a La Mancha en su idea de Castilla. La diferencia con el mapa que he puesto antes de "las 14 provincias menos La Mancha" es que se basan en los límites históricos entre el Reino de Castilla y el Reino de León, que no coinciden con los actuales límites provinciales. Así pues, aparte de León, Zamora y Salamanca, pertenecerían a León partes de las provincias de Palencia y Valladolid. Como el carreterismo no se basa en las provincias actuales, el mapa que pongo a continuación no lo he elaborado (como los anteriores) a partir de un mapa de las provincias de España, sino que lo bajado de la Wikipedia:
Hasta ahora, podría considerarse que una idea "maximalista" de Castilla sería la de las 17 provincias (con Utiel-Requena incorporada). ¿Hay quien defiende una Castilla más amplia? Pues bien, son pocos quienes defienden la siguiente opción, pero sí existe lo que podría ser llamado "pancastellanismo", que incluiría todos los territorios que han pertenecido a la Corona de Castilla y que actualmente pertenecen al estado español. Esta es la Castilla en la que creen tales pancastellanistas:
Por último, quien anteponga los criterios culturales a los históricos o administrativos, considerará que Castilla está formada por los territorios con cultura castellana. Como decía anteriormente, la cultura castellana en buen medida se ha diluido (o confundido) con la cultura española, por lo que es muy complicado decidir qué territorios son culturalmente castellanos. Desde luego, no podemos guiarnos por la lengua que se habla mayoritariamente, como quizá pueda hacerse en otros casos, pues de hacerlo así incluiríamos territorios que indudablemente no son castellanos. Por ello, me limitaré a poner un mapa que refleja una "Castilla cultural" según los criterios de quien lo ha elaborado (me lo he bajado de aquí) pero insisto en que puede haber muchas variantes:
Como se puede observar, este mapa reconoce que hay una cultura leonesa separada de la castellana (y más relacionada con la asturiana) pero reduce su ámbito territorial respecto a las tesis del leonesismo o las tesis historicistas de los Carretero. En cuanto a Cantabria, también se ve reducida, a la vez que se incluyen territorios extremeños, murcianos, etc.
Pues bien, dicho todo esto. Castilla, ¿nación imposible? No, yo diría más bien: Castilla, nación complicada. Yo sé que soy castellano, como lo saben muchos, sobre todo en los territorios "indudablemente" castellanos (los que aparecen en todos los mapas). En cuanto a fijar unos límites, creo que se debería hacer atendiendo al criterio de los habitantes de cada territorio, para construir Castilla de abajo arriba. Teniendo en cuenta la variedad de criterios (históricos, étnicos, lingüísticos, culturales...) que pueden definir una nación, quizá el criterio subjetivo que propongo, paradójicamente, sea el único que tenga la posibilidad de realizarse objetivamente: preguntando a la gente y aceptando lo que decida la mayoría en cada localidad. En cualquier caso, objetivo o no, me parece la mejor forma de construir una nación sin forzar a nadie y sin crear enemigos internos.
Y luego ya si eso nos ponemos poner de acuerdo en nuestra bandera nacional.
Anda que no nos gusta enredar a los castellanos.
La idea territorial de Castilla que hoy en día defiende mayoritariamente el castellanismo político se basa en el Pacto Federal Castellano de 1869 e incluye todas las provincias que actualmente forman Castilla y León (León, Zamora, Salamanca, Palencia, Valladolid, Ávila, Burgos, Soria y Segovia) más las provincias de Castilla-La Mancha (Toledo, Cuenca, Guadalajara, Albacete y Ciudad Real) más las autonomías uniprovinciales de Madrid, La Rioja y Cantabria. Es por ello que se llama a veces la Castilla de las 17 provincias, que veremos en el siguiente mapa pintadas de "morado comunero":
Aún se podría añadir a este mapa la comarca (actualmente perteneciente a la Comunidad Valenciana) de Utiel-Requena. Es una comarca predominantemente castellano-parlante, y que ha pertenecido a Castilla durante buena parte de su historia. La añadimos, pues, al mapa:
Para el resto de los mapas dejaremos fuera a Utiel-Requena, así no tendré que duplicar cada uno de ellos para que incluyan en un caso y excluyan en el otro la comarca disputada.
Uno de los mayores desafíos a la Castilla del Pacto Federal es el leonesismo, que defiende que los territorios que pertenecieron al Reino de León y que actualmente están integrados en la Comunidad Autónoma de Castilla y León son algo distinto a Castilla, el País Leonés (País Llionés en lengua leonesa). Aunque no se corresponde exactamente con las fronteras históricas del Reino de León, los leonesistas habitualmente consideran que el País Leonés está formado por las tres provincias más occidentales de Castilla y León: León, Zamora y Salamanca. Algunos castellanistas, por cierto, están de acuerdo. Esto nos deja con una Castilla de 14 provincias, que dibujo a continuación:
Aunque no es tan habitual, es posible considerar también que la actual provincia de León es distinta a las provincias castellanas, pero que Zamora y Salamanca, pese a haber pertenecido al Reino de León, están más castellanizadas. He aquí, pues, la Castilla de 16 provincias:
Hay que decir también que el rechazo a pertenecer a Castilla no es unánime en ninguna de las provincias. Quizá sea más común en León que en las otras dos, pero, curiosamente, esta provincia ha dado personajes tan importantes al castellanismo como el poeta Luis López Álvarez, autor del "Los Comuneros".
Pero no son los leonesistas los únicos que rechazan formar parte de Castilla. Muchos manchegos no se sienten castellanos, creen que La Mancha no es una comarca de Castilla sino algo ajeno a ésta. La Mancha ocupa parte de la actual Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha (tiene territorio en todas sus provincias menos Guadalajara). Vamos a tener que jugar un poco a la combinatoria, pues la cuestión manchega y la leonesa son independientes. Así pues, a continuación os dejo tres mapas: las 17 provincias menos La Mancha, las 14 menos La Mancha y las 16 menos La Mancha:
¿Eso es todo? ¡No, señor! En las comunidades uniprovinciales de Cantabria y La Rioja hay quien no se siente para nada castellano (EDITADO: me aclaran a través de Twitter y desde Cantabria que allí no se siente castellano ni Dios; debo dar por bueno este testimonio, dado que no conozco bien la realidad cántabra; también quiero aclarar que la frase "hay quien..." quizá no era la más adecuada, pues yo no pretendía dar a entender que sea una situación minoritaria). Para no multiplicar demasiado las combinaciones, pondré tan sólo un par de mapas excluyendo estas Comunidades Autónomas.
12 provincias (es decir, las 14 del Pacto Federal menos las provincias leonesas, y excluyendo también Cantabria y La Rioja):
Como se comprenderá, la cuestión cántabra es independiente de la riojana, así como ambas son independientes de la cuestión leonesa y de la disputa de Utiel-Requena: esto nos daría unos cuantos mapas más que no voy a incluir.
¿Hemos agotado ya las distintas visiones territoriales de Castilla? No, aún nos queda hablar del carreterismo de los segovianos Luis Carretero y su hijo Anselmo Carretero. Según sus tesis, León y Castilla son entes separados, y tampoco incluyen a La Mancha en su idea de Castilla. La diferencia con el mapa que he puesto antes de "las 14 provincias menos La Mancha" es que se basan en los límites históricos entre el Reino de Castilla y el Reino de León, que no coinciden con los actuales límites provinciales. Así pues, aparte de León, Zamora y Salamanca, pertenecerían a León partes de las provincias de Palencia y Valladolid. Como el carreterismo no se basa en las provincias actuales, el mapa que pongo a continuación no lo he elaborado (como los anteriores) a partir de un mapa de las provincias de España, sino que lo bajado de la Wikipedia:
Hasta ahora, podría considerarse que una idea "maximalista" de Castilla sería la de las 17 provincias (con Utiel-Requena incorporada). ¿Hay quien defiende una Castilla más amplia? Pues bien, son pocos quienes defienden la siguiente opción, pero sí existe lo que podría ser llamado "pancastellanismo", que incluiría todos los territorios que han pertenecido a la Corona de Castilla y que actualmente pertenecen al estado español. Esta es la Castilla en la que creen tales pancastellanistas:
Por último, quien anteponga los criterios culturales a los históricos o administrativos, considerará que Castilla está formada por los territorios con cultura castellana. Como decía anteriormente, la cultura castellana en buen medida se ha diluido (o confundido) con la cultura española, por lo que es muy complicado decidir qué territorios son culturalmente castellanos. Desde luego, no podemos guiarnos por la lengua que se habla mayoritariamente, como quizá pueda hacerse en otros casos, pues de hacerlo así incluiríamos territorios que indudablemente no son castellanos. Por ello, me limitaré a poner un mapa que refleja una "Castilla cultural" según los criterios de quien lo ha elaborado (me lo he bajado de aquí) pero insisto en que puede haber muchas variantes:
Como se puede observar, este mapa reconoce que hay una cultura leonesa separada de la castellana (y más relacionada con la asturiana) pero reduce su ámbito territorial respecto a las tesis del leonesismo o las tesis historicistas de los Carretero. En cuanto a Cantabria, también se ve reducida, a la vez que se incluyen territorios extremeños, murcianos, etc.
Pues bien, dicho todo esto. Castilla, ¿nación imposible? No, yo diría más bien: Castilla, nación complicada. Yo sé que soy castellano, como lo saben muchos, sobre todo en los territorios "indudablemente" castellanos (los que aparecen en todos los mapas). En cuanto a fijar unos límites, creo que se debería hacer atendiendo al criterio de los habitantes de cada territorio, para construir Castilla de abajo arriba. Teniendo en cuenta la variedad de criterios (históricos, étnicos, lingüísticos, culturales...) que pueden definir una nación, quizá el criterio subjetivo que propongo, paradójicamente, sea el único que tenga la posibilidad de realizarse objetivamente: preguntando a la gente y aceptando lo que decida la mayoría en cada localidad. En cualquier caso, objetivo o no, me parece la mejor forma de construir una nación sin forzar a nadie y sin crear enemigos internos.
Y luego ya si eso nos ponemos poner de acuerdo en nuestra bandera nacional.
Anda que no nos gusta enredar a los castellanos.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
¡No hay justicia!
Me interesaba saber dónde se podía encontrar a la Justicia en esta gran nación, así que cogí el primer tren hacia la capital y nada más llegar a la estación terminal y apearme del vagón, pregunté a uno que pasaba por el andén dónde se encontraba el Ministerio de Justicia. Me dio unas instrucciones no muy precisas:
– Pues no sé. Esta es la capital, ¿no? Debe haber ministerios para un montón de cosas. ¡Ha llegado usted al lugar adecuado! Ahora bien, el de Justicia... creo que tiene que salir hacia la calle... no, ese es el de Agricultura. El de Cultura se lo diría de mil amores porque tengo un pariente que trabaja ahí y sé perfectamente cómo ir... ahora bien, el de... ¿cuál dijo?
Recordé al atento caballero que se trataba del de Justicia.
– Pues debe haberlo. Para la Justicia, debe haberlo. Si lo hay para la Cultura, o para el Deporte, que creo que lo hay, ¡no lo va a haber para la Justicia! Déjeme que piense... ¡Ya sé! Siga a un juez. Antes o después le llevará al Ministerio de Justicia.
– Pues no lo sé. Creo que normalmente andan por los juzgados.
– Puede ser. En fin, buena suerte.
– Gracias.
Y con eso, salí de le estación siguiendo una señal de taxis; me subí al vehículo que esperaba en la parada y le dije al taxista:
– Caballero, si es usted tan amable, lléveme al Ministerio de Justicia.
– Naturalmente, - respondió, y decirlo y arrancar fue todo uno.
Condujo el vehículo con gran profesionalidad y eficiencia hasta que, con cara de circunstancias, se quedó mirando un gran edificio en cuya entrada un gran cartel decía: Ministerio de Economía. Se rascó la cabeza un buen rato.
– Yo juraría... - dijo al fin.
Pagué la carrera y me bajé del taxi. Fui hacia la entrada del Ministerio de Economía. Pensé que ahí dentro la gente estaría mejor informada. Al ver mi intención de entrar, un guardia me dijo que no podía entrar ahí.
– Sólo quería una información...
– ¡Aquí no se informa! - fue la respuesta del uniformado. - Vaya al Ministerio de Información. Este es el de Economía.
– Tan sólo quería saber cómo llegar al Ministerio de Justicia, - aclaré.
– ¡Hombre, muy bonito! - respondió el guardia. - Pretende que le informe, sin ser yo funcionario del Ministerio de Información, y para colmo quiere que le informe ¡sobre el Ministerio de Justicia! Pues vaya usted al Ministerio de Información. O directamente al de Justicia. Pero no me haga perder el tiempo a mí, que bastante tengo con vigilar que estos señores de dentro – y al decir esto señaló el Ministerio, que por cierto no parecía muy animado – puedan hacer su trabajo.
– ¿Hay alguien ahí dentro? - pregunté.
– ¡Naturalmente que hay alguien! ¡Y ya le he dicho que no me haga perder el tiempo! ¡Adios!
Desmoralizado, me alejé del ministerio y vagué por la ciudad. En un momento dado empecé a fijarme en los nombres de las calles, por si acaso me encontraba casualmente con la Calle de la Justicia. Las vías más parecidas que encontré fueron: la Calle de la Novicia, la Avenida de la Sevicia, el Paseo de Patricia, el Barrio de la Inmundicia y hasta una calle ficticia. Creí que me acercaba a mi destino cuando leí un cartel medio tapado por un árbol que decía “Calle de la Equi...”. Pensé “¡Ajá! Sin duda la equidad es algo muy cercano a la justicia, debo estar cerca”. Por fin pude leer el resto del cartel: “...tación”. La equitación, si bien es una actividad sana y noble, nada tenía que ver con mi propósito. Me iba desanimando más y más: la justicia no aparecía por ningún lado. Vi mendigos sentados entre cartones, pidiendo... pero ninguno pedía justicia, sólo dinero. Y tampoco pedían el dinero “por justicia”, sino tan solo “por caridad”.
Me encontré con una pareja de policías y les pregunté por la justicia.
- ¿La justicia? – respondió uno de ellos. – No la he visto. Y llevamos aquí un buen rato, vigilando.
- Eso es, llevamos un buen rato, - dijo el otro, - pero no buscábamos eso que usted dice. Quizá haya pasado por aquí y no nos hayamos dado cuenta.
- No lo creo, - respondió el primero, - Pero mire, ahí vienen otros compañeros, que quizá la hayan visto.
Efectivamente, otra pareja de policías se acercaba, así que les pregunté a ellos.
- ¡Pero hombre! – dijo uno - ¿Cómo quiere que hayamos visto a la justicia? ¿No dicen que es invisible?
- No, no… - le corrigió su compañero, - la Justicia es ciega… pero a ella sí se la ve.
- Vaya… bueno, en cualquier caso no la he visto.
- Yo tampoco.
Hice un último intento:
- Pero ustedes, como policías. ¿No es acaso su labor hacer que reine la justicia en nuestra sociedad?
Los policías se miraron unos a otros. Estuvieron así un minuto, sin animarse a contestar.
- Yo soy el más viejo, así que apenas me acuerdo de la academia… - contestó al fin uno de ellos, y luego añadió, dirigiéndose al más joven: - tú debes acordarte, ¿no?
- Pues… - respondió el aludido – A ver, deja que recuerde: “Como agente de policía, tu labor consistirá en mantener el orden”… eso es, ¡el orden!
- ¿Y nada más? – pregunté, decepcionado.
El policía joven se rascó la cabeza y dijo:
- “Como agente de policía, tu labor consistirá en mantener el orden y…” y… no sé qué de las leyes.
- ¿Pero no son acaso las leyes una forma de codificar la justicia? – insistí.
- Sean lo que sean, - respondió el policía viejo, - a nosotros nos las dan hechas.
E hizo con la mano un gesto elocuente que me indicó que ya les había hecho perder demasiado tiempo y debía seguir mi camino.
Eso fue exactamente lo que hice. No sé cuánto tiempo estuve caminando sin rumbo. Me fui alejando de las calles más céntricas, pensando que si la justicia era tan difícil de encontrar seguramente estuviera desterrada a algún barrio de las afueras.
Entonces, de repente la vi. Iba caminando por una calle residencial, vestida con una toga. Llevaba una balanza en una mano y una espada en la otra. En la cara llevaba una venda, un poco apartada de los ojos para no tropezar por el camino. ¡Era ella, sin duda! El detalle de la venda mal colocada, pensé, se le podía perdonar porque hasta la justicia a veces tiene que tener cuidado con dónde pisa. Emocionado, la seguí un rato hasta que llegó a una casa en la que se oía música. Llamó a la puerta y esperé a una distancia prudente, pues quería averiguar qué le traía a este lugar a tan importante dama. Al poco rato, se abrió la puerta y salió de la casa un pirata con pata de palo, parche en un ojo, mano de gancho y sombrero negro de pirata con las tibias y la calavera pintadas en blanco. Esto me confundió, pues no sabía qué podía querer la Justicia con un pirata. No sabía qué hacer. Por un lado, estaba tan cerca de aquello que había venido a buscar que no me decía a irme de allí; por otro lado, los piratas me dan mucho miedo. No mejoraron las cosas mientras me decidía a hacer algo, pues al poco rato llegó un fantasma vestido con su sábana, un misterioso vampiro que venía escondiéndose entre las sombras, Atila, el rey de Hunos, que (por suerte para el dueño de la casa, que tenía un jardincito delante) no venía con su caballo, un hombre lobo y el monstruo de Frankenstein. Llegó por fin un juez, lo cual me infundió valor, pues pensé que por fin la Justicia tendría con quien aliarse. “Éste es el momento”, me dije a mí mismo mientras me acercaba a la puerta. Llamé al timbre y enseguida se abrió la puerta y vi al pirata. Se quedó mirándome, extrañado.
– ¿Quién te ha invitado? - preguntó.
Tuve que hacer de tripas corazón, pues a pesar de la presencia de la Justicia y el juez, estar cara a cara con un pirata no dejaba de ser una experiencia aterradora. Respondí con voz temblorosa:
– No he sido invitado. Sólo quería ver a la Justicia... si no es molestia, señor pirata.
Aunque no pensé haber dicho nada gracioso, el pirata se echó a reír a carcajadas, y luego gritó hacia el interior de la casa:
– ¡Alicia!
Le respondió una voz que parecía un tanto ebria:
– ¿Qué quieres?
– Mira, que hay aquí alguien que quería hablar con la Justicia.
– ¿Y a mí que me cuentas?
De nuevo se rió el pirata. Cuando hacía eso, no parecía un pirata, pues no era una risa cruel como la de los lobos de mar, sino que parecía auténticamente divertido. La conversación continuó así:
– ¡Tu disfraz, mujer! Vas de Justicia.
– ¡Qué va! Voy de Diana, la diosa romana de la caza.
– ¿Para qué quiere una balanza la diosa de la caza?
– Pues... para pesar las liebres... o las perdices...
– ¿Y la venda?
– ¡Y yo qué sé! ¡Anda, ven, que vamos a bailar!
En ese momento, el anfitrión de la fiesta de disfraces (pues a estas alturas ya había deducido que de eso se trataba) me cerró la puerta en las narices.
Me alejé de allí cabizbajo, al fin convencido. Miré mi reloj y pensé que aún me daría tiempo de coger el último tren para volver a casa. “En caso de que no hayan cambiado los horarios, la estación siga en el mismo lugar, mi casa siga siendo mi casa... porque ¿en qué se puede confiar?”. Sin embargo, la estación seguía en el mismo lugar, los horarios eran los de siempre, y cuando llegué a mi casa, seguía siendo mía. Mi esposa me esperaba, aún despierta a pesar de la hora. Saludé con poco entusiasmo, y ella se quedó mirándome, esperando a que dijera algo.
– Tenías razón – dije a regañadientes. - No la hay.
– Ya te lo decía yo.
lunes, 25 de noviembre de 2013
Una de piratas
Cuentan que el
extraño llegó una noche mezclado entre los marineros de un barco mercante. Bajó
del barco y se perdió en el pueblo. Pocos se fijaron en él en ese momento. Los
días siguientes recorrió la pequeña población costera llevando bajo el brazo su
inseparable carpeta. Se dice, aunque no es seguro que alguien lo haya visto
realmente, que dicha carpeta contenía un mapa trazado a mano en un papel ya
amarillo por el paso de los años, con una equis dibujada en un lugar cuya
distancia a la referencia geográfica más cercana estaba expresada en pasos.
Habló con los ancianos que se iba encontrando. Con cualquier excusa, les
preguntaba por lugares que ya casi nadie recordaba, o que desde hacía años eran
conocidos por otros nombres. La roca de la calavera... por el camino compró una
pala en la ferretería... la cueva de los condenados, el árbol del ahorcado.
Hablaba con una voz suave y susurrante.
Cuando
tuvo la información que buscaba, salió del pueblo, con su carpeta y su pala,
por el camino que se adentra en las colinas. Caminó hacia el sur unos dos
kilómetros. Siguió por otro camino que giraba a la derecha ante una roca
concreta cuya forma recordaba la de un cráneo. Después vio una cueva y escuchó
cómo el viento que entraba en la misma hacía un sonido parecido a un lamento
humano: en ese lugar tomó otro camino, que siguió hasta encontrarse con un
árbol cuyas ramas retorcidas y siniestras le daban un aspecto lúgubre. Ahí es
donde empezó a contar sus pasos. Luego se puso a cavar y a la media hora
encontró un cofre cuya cerradura forzó de un palazo. Dentro del cofre había un
montón de papeles escritos con letra menuda.
Eso
lo cuentan quienes pueden contarlo, aquellos que se encontraron con el
personaje o son hábiles haciendo conjeturas e inventando detalles. Lo que todos
pudimos oír perfectamente fue el grito. El forastero debía estar a una buena
distancia del pueblo, al menos tres kilómetros. Pese a ello y a la voz suave y
susurrante, nos llegó claro su lamento: "¡Mierda, preferentes!",
seguido de una contundente blasfemia.
Desde
entonces, no sale de la taberna y sólo cuenta historias extrañas de piratas sin
pata de palo ni parche en el ojo, con voz de sirena y lenguaje de marciano,
temibles lobos de oficina que no se detienen ante nada: ni ante los ahorros de
toda la vida de la anciana ignorante, ni ante la inocencia del joven que no
sabe aún de la vida y cree en cuentos de piratas con parche en el ojo o de altas rentabilidades aseguradas, ni ante el sufrimiento de los humildes, ni siquiera ante
la buena fe del honrado lobo de mar que antaño surcó los siete mares en su
temido velero.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
La asesina pluriempleada
Entré en la iglesia pero me equivoqué de puerta. Me di cuenta cuando vi al cura volverse hacia mí con cara de espanto. Salí corriendo, avergonzado. Temía que al contemplar la parte de atrás de la liturgia, pudiera cometer el más horrible de los sacrilegios. Mientras corría, me obsesionaba la idea: podría haber visto a Dios en calzoncillos, podría haber visto a Dios yendo al baño.
Corrí y corrí, pero no me alejé mucho de la iglesia. Quizá porque iba descalzo, circunstancia que me hizo notar mi tío, que no sé por qué estaba allí:
-Javier, estás descalzo.
Era verdad. Lo estaba, y esto era un problema. Miré mi traje negro e impecable y mis pies incongruentemente desnudos. Eran una cosa lamentable, esos pies. Tan solos, en aquellos extremos de mi ser, y tan desprotegidos. Podían echarse a correr sin que yo me desplazara lo más mínimo (como en efecto había sucedido) porque eran unos pies pobres e inservibles.
-Te presto unas zapatillas.
Me puse las zapatillas que me alcanzaba mi tío, y vi que tampoco quedaban muy bien con el traje. Eran amarillas con franjas y dibujos rosas. Ya podía, eso sí, andar con normalidad. Así que fui a la puerta delantera de la iglesia. De pronto no me acordaba por qué era tan importante entrar en aquel templo. Traté de recordar si creía en Dios. No estaba seguro, pero creía, o quería creer, que no creía en Dios. Entré, de todas formas, a la iglesia. Por si acaso. Por si acaso, o porque sí (porque mi mano empujó la puerta, porque mis pies caminaron en esa dirección). Más bien creo que fue lo segundo.
Era una iglesia muy rara. Se entraba directamente a una especie de pasillo de hospital, aunque el recinto seguía siendo una iglesia porque todo era extrañamente solemne, porque se oía la misa por algún lado, porque casi podía verse pulular el microbio de la santidad. Recorrí un laberinto de pasillos, tratando de encontrar el centro. En lugar de eso, encontré a una señora con bata que fregaba el suelo de un corredor diáfano y al mismo tiempo misterioso (así lo sentí en aquel momento; ahora recuerdo que lo sentí así, pero me pregunto qué había en aquel pasillo que correspondiera con los adjetivos diáfano y misterioso). La señora pasaba su fregona mecánicamente, con lentitud, como pensando en otra cosa. Leí su nombre, que no recuerdo, en una chapa metálica que llevaba en el uniforme. Era un nombre extraño, una locura de consonantes y apenas un par de vocales solitarias. De pronto, la mujer impronunciable me miró (no sé si el verbo es realmente adecuado, dirigió hacia mí su rostro y fue más una orden que una mirada), y luego se volvió hacia una silla que había allí: supe que tenía que sentarme. Me dijo:
-Has pisado el suelo que acabo de fregar con esas zapatillas ridículas.
Su acento no era extranjero ni de aquí, o podía ser ambas cosas, pero era en cualquier caso extraño e ilocalizable, con algo de animal y algo de máquina. Pensé que, estando en una iglesia (donde lo sobrenatural es cotidiano), quizá el acento correspondiera, más que a una región del mundo, a una región de la teología. Lamenté desconocer la teología. Quizá hubiera podido determinar de qué región podía proceder aquella criatura. Me di cuenta de que sus ojos incoloros estaban demasiado abiertos y demasiado fijos, y sospeché que la mujer era ciega, y que acaso podía verlo todo. No dije nada. No podía negar que las zapatillas eran ridículas.
Supe instintivamente que aquella mujer se proponía aniquilarme. Supe también que pisar lo fregado y llevar unas zapatillas espantosas no eran razones suficientes, que esa aniquilación era el castigo (acaso merecido) por una cantidad de culpas que desconocía, pero que quizá llegaría a conocer antes de morir. Al mismo tiempo, me di cuenta de que la mujer simplemente era una psicópata, y ambas explicaciones (teológica y patológica) eran compatibles.
La mujer había dicho “Bárbara”, y había aparecido una segunda señora, también con su bata y su fregona. Era muy grande y su rostro de piedra no expresaba nada: ni emociones ni inteligencia. Intuí que estaba ahí sólo para asustar. No decía una palabra. La otra había empezado a hablar un idioma desconocido, o eso me pareció a mí.
Alcanzaba a reconocer algunas frases, y supe que estaba hablando de mi vida. Me contaba cosas que había hecho, cosas que me habían sucedido, creo que también cosas que me iban a suceder. Después comprendí que estaba enumerando mis culpas, y que eran infracciones nuevas para mí, que nada tenían que ver con las que yo conocía. Lo que había tomado por un idioma extraño eran los nombres de esas culpas desconocidas.
Al principio, sólo escuché tratando de entender algo. Luego me animé a hacer tímidas preguntas a las que mi jueza no hizo ningún caso: ¿hablamos de culpas graves o leves? ¿Culpas adquiridas, heredadas, o meros pecados originales? Luego, me sorprendí de que mi vida hubiera dado para tantas infracciones. El discurso ya duraba demasiado. ¿Cuánto tiempo? Imposible decirlo. Acaso horas… acaso días. O sólo unos minutos, pero me aburría y creo que llegué a bostezar. Hasta que recordé que mi situación no era solamente extraña, sino además horrible. Como una cobra a su presa, el ser maligno al que me enfrentaba intentaba hipnotizarme de puro aburrimiento. Casi me hacía desear la sentencia, el final… Decidí, sin embargo, vivir. Por decidir algo.
De todas formas, no me interesaba mucho conocer mis pecados. Huí. Empujé a la giganta, que se derrumbó con sorprendente facilidad, y eché a correr.
Luego, estaba fuera, en la ciudad, en alguna calle difusa y estaba muy cansado. Temí que me desplomaría de la fatiga, y que la venganza me alcanzaría. Entré en un portal que vi abierto para desplomarme allí.
Efectivamente, caí al suelo. Estaba en un pasillo recién fregado. Noté la humedad en la cara y levanté la vista. Ahí estaba ella. También vi a Bárbara. No me habían visto. Huí. No sé cómo pude correr, pero corrí, siempre con el temor de volver a encontrarme a mi enemiga. Creo que estuve en la estación, o en un edificio parecido (o cercano) a la estación, y allí la divisé entre una muchedumbre de gente. Luego la vi en el centro comercial, en la escuela, en una zapatería donde no tuve tiempo de aprovechar y cambiar de calzado (y quizá atenuar así mi culpa), en mi bloque de viviendas, en la oficina (donde estaba diciendo algo al oído de mi jefa), en el estadio… Recuerdo un torbellino de imágenes llenas de gente, y, como en uno de esos libros donde hay que buscar en cada página a un tipo con jersey a rayas, entre la gente siempre la misma odiada presencia, y recuerdo una sensación de agobio creciente, de círculo que se va cerrando a mi alrededor, de aire que me va faltando, y recuerdo las percepciones cada vez más fugaces y difusas, el vértigo…
No sé si había anochecido poco a poco o de golpe. Era de noche, pero la noche no era un consuelo. ¿Cómo esconderme entre las sombras de una mujer ciega? Sólo tenía un lugar al que ir. Mi refugio, mi salvación. Llegué a una calle habitual, subí unas escaleras habituales, llamé a una puerta habitual, y ahí estaba ella. No la enemiga, sino Ella. Mi refugio. Mi salvación. Mi sonrisa preferida, los ojos en los que me gusta verme reflejado, la voz que me hace existir cuando pronuncia mi nombre, mi dulce amor. La abracé. Hundí mi cara en su blusa (curiosamente, ahora lo recuerdo, llevaba una camiseta, pero no advertí en ese momento aquella siniestra incongruencia… no me avisó de la presencia del mal) y no quise ver nada más, sólo sentir el calor de ese cuerpo querido, sentirme seguro en ese ámbito cerrado, pero inevitablemente (recuerdo que fue inevitable, pero no recuerdo por qué) levanté la vista y empecé a temblar. Estaban de espaldas pero estoy seguro de que eran ellas. Estaban limpiando el polvo en el salón. Lloré, me sentí liviano, pero no como un pajarito que puede echarse a volar, sino como un pedazo de papel al que arrastra el viento, me sentí desintegrado, irreal, no me desmayé, me agarré al mundo apenas y lloré. Imposible huir. No podían echarme de ese lugar porque entonces el círculo se cerraría del todo y ya no sería un círculo, sino un punto, y eso es lo mismo que decir que no quedaría nada… No, de allí no podría huir…
Lo pensé mejor: imposible huir solo.
-Cariño… huyamos… Esa mujer es una psicópata… Vámonos, te lo ruego…
Pero ella no entendía. ¿Quién era una psicópata? ¿Dónde había que irse? ¿Por qué me había puesto esas zapatillas tan feas?...
Entonces, llegó el desenlace lógico de esta historia sin desenlace:
Pi-pi-pi-pi. Menos mal que estas cosas sólo ocurren en los sueños.
-Cariño.
-Mmmm…
-He tenido una pesadilla…
-¿Es muy larga?
-Había una mujer… una asistenta que quería aniquilarme… en realidad eran dos… bueno, primero yo iba a entrar en una iglesia, pero iba descalzo…
-Tranquilo, cielo, sólo ha sido un sueño. Luego me lo cuentas, ¿vale? He quedado con unas señoras que me van a ayudar con la casa.
Sudor frío.
-¿Sabes cómo se llaman?
-No… no recuerdo. Una tenía un nombre muy raro y la otra no hablaba.
Menos mal que esas cosas sólo pasan en los sueños… Sólo pasan en los sueños. Sólo pasan en los sueños.
Corrí y corrí, pero no me alejé mucho de la iglesia. Quizá porque iba descalzo, circunstancia que me hizo notar mi tío, que no sé por qué estaba allí:
-Javier, estás descalzo.
Era verdad. Lo estaba, y esto era un problema. Miré mi traje negro e impecable y mis pies incongruentemente desnudos. Eran una cosa lamentable, esos pies. Tan solos, en aquellos extremos de mi ser, y tan desprotegidos. Podían echarse a correr sin que yo me desplazara lo más mínimo (como en efecto había sucedido) porque eran unos pies pobres e inservibles.
-Te presto unas zapatillas.
Me puse las zapatillas que me alcanzaba mi tío, y vi que tampoco quedaban muy bien con el traje. Eran amarillas con franjas y dibujos rosas. Ya podía, eso sí, andar con normalidad. Así que fui a la puerta delantera de la iglesia. De pronto no me acordaba por qué era tan importante entrar en aquel templo. Traté de recordar si creía en Dios. No estaba seguro, pero creía, o quería creer, que no creía en Dios. Entré, de todas formas, a la iglesia. Por si acaso. Por si acaso, o porque sí (porque mi mano empujó la puerta, porque mis pies caminaron en esa dirección). Más bien creo que fue lo segundo.
Era una iglesia muy rara. Se entraba directamente a una especie de pasillo de hospital, aunque el recinto seguía siendo una iglesia porque todo era extrañamente solemne, porque se oía la misa por algún lado, porque casi podía verse pulular el microbio de la santidad. Recorrí un laberinto de pasillos, tratando de encontrar el centro. En lugar de eso, encontré a una señora con bata que fregaba el suelo de un corredor diáfano y al mismo tiempo misterioso (así lo sentí en aquel momento; ahora recuerdo que lo sentí así, pero me pregunto qué había en aquel pasillo que correspondiera con los adjetivos diáfano y misterioso). La señora pasaba su fregona mecánicamente, con lentitud, como pensando en otra cosa. Leí su nombre, que no recuerdo, en una chapa metálica que llevaba en el uniforme. Era un nombre extraño, una locura de consonantes y apenas un par de vocales solitarias. De pronto, la mujer impronunciable me miró (no sé si el verbo es realmente adecuado, dirigió hacia mí su rostro y fue más una orden que una mirada), y luego se volvió hacia una silla que había allí: supe que tenía que sentarme. Me dijo:
-Has pisado el suelo que acabo de fregar con esas zapatillas ridículas.
Su acento no era extranjero ni de aquí, o podía ser ambas cosas, pero era en cualquier caso extraño e ilocalizable, con algo de animal y algo de máquina. Pensé que, estando en una iglesia (donde lo sobrenatural es cotidiano), quizá el acento correspondiera, más que a una región del mundo, a una región de la teología. Lamenté desconocer la teología. Quizá hubiera podido determinar de qué región podía proceder aquella criatura. Me di cuenta de que sus ojos incoloros estaban demasiado abiertos y demasiado fijos, y sospeché que la mujer era ciega, y que acaso podía verlo todo. No dije nada. No podía negar que las zapatillas eran ridículas.
Supe instintivamente que aquella mujer se proponía aniquilarme. Supe también que pisar lo fregado y llevar unas zapatillas espantosas no eran razones suficientes, que esa aniquilación era el castigo (acaso merecido) por una cantidad de culpas que desconocía, pero que quizá llegaría a conocer antes de morir. Al mismo tiempo, me di cuenta de que la mujer simplemente era una psicópata, y ambas explicaciones (teológica y patológica) eran compatibles.
La mujer había dicho “Bárbara”, y había aparecido una segunda señora, también con su bata y su fregona. Era muy grande y su rostro de piedra no expresaba nada: ni emociones ni inteligencia. Intuí que estaba ahí sólo para asustar. No decía una palabra. La otra había empezado a hablar un idioma desconocido, o eso me pareció a mí.
Alcanzaba a reconocer algunas frases, y supe que estaba hablando de mi vida. Me contaba cosas que había hecho, cosas que me habían sucedido, creo que también cosas que me iban a suceder. Después comprendí que estaba enumerando mis culpas, y que eran infracciones nuevas para mí, que nada tenían que ver con las que yo conocía. Lo que había tomado por un idioma extraño eran los nombres de esas culpas desconocidas.
Al principio, sólo escuché tratando de entender algo. Luego me animé a hacer tímidas preguntas a las que mi jueza no hizo ningún caso: ¿hablamos de culpas graves o leves? ¿Culpas adquiridas, heredadas, o meros pecados originales? Luego, me sorprendí de que mi vida hubiera dado para tantas infracciones. El discurso ya duraba demasiado. ¿Cuánto tiempo? Imposible decirlo. Acaso horas… acaso días. O sólo unos minutos, pero me aburría y creo que llegué a bostezar. Hasta que recordé que mi situación no era solamente extraña, sino además horrible. Como una cobra a su presa, el ser maligno al que me enfrentaba intentaba hipnotizarme de puro aburrimiento. Casi me hacía desear la sentencia, el final… Decidí, sin embargo, vivir. Por decidir algo.
De todas formas, no me interesaba mucho conocer mis pecados. Huí. Empujé a la giganta, que se derrumbó con sorprendente facilidad, y eché a correr.
Luego, estaba fuera, en la ciudad, en alguna calle difusa y estaba muy cansado. Temí que me desplomaría de la fatiga, y que la venganza me alcanzaría. Entré en un portal que vi abierto para desplomarme allí.
Efectivamente, caí al suelo. Estaba en un pasillo recién fregado. Noté la humedad en la cara y levanté la vista. Ahí estaba ella. También vi a Bárbara. No me habían visto. Huí. No sé cómo pude correr, pero corrí, siempre con el temor de volver a encontrarme a mi enemiga. Creo que estuve en la estación, o en un edificio parecido (o cercano) a la estación, y allí la divisé entre una muchedumbre de gente. Luego la vi en el centro comercial, en la escuela, en una zapatería donde no tuve tiempo de aprovechar y cambiar de calzado (y quizá atenuar así mi culpa), en mi bloque de viviendas, en la oficina (donde estaba diciendo algo al oído de mi jefa), en el estadio… Recuerdo un torbellino de imágenes llenas de gente, y, como en uno de esos libros donde hay que buscar en cada página a un tipo con jersey a rayas, entre la gente siempre la misma odiada presencia, y recuerdo una sensación de agobio creciente, de círculo que se va cerrando a mi alrededor, de aire que me va faltando, y recuerdo las percepciones cada vez más fugaces y difusas, el vértigo…
No sé si había anochecido poco a poco o de golpe. Era de noche, pero la noche no era un consuelo. ¿Cómo esconderme entre las sombras de una mujer ciega? Sólo tenía un lugar al que ir. Mi refugio, mi salvación. Llegué a una calle habitual, subí unas escaleras habituales, llamé a una puerta habitual, y ahí estaba ella. No la enemiga, sino Ella. Mi refugio. Mi salvación. Mi sonrisa preferida, los ojos en los que me gusta verme reflejado, la voz que me hace existir cuando pronuncia mi nombre, mi dulce amor. La abracé. Hundí mi cara en su blusa (curiosamente, ahora lo recuerdo, llevaba una camiseta, pero no advertí en ese momento aquella siniestra incongruencia… no me avisó de la presencia del mal) y no quise ver nada más, sólo sentir el calor de ese cuerpo querido, sentirme seguro en ese ámbito cerrado, pero inevitablemente (recuerdo que fue inevitable, pero no recuerdo por qué) levanté la vista y empecé a temblar. Estaban de espaldas pero estoy seguro de que eran ellas. Estaban limpiando el polvo en el salón. Lloré, me sentí liviano, pero no como un pajarito que puede echarse a volar, sino como un pedazo de papel al que arrastra el viento, me sentí desintegrado, irreal, no me desmayé, me agarré al mundo apenas y lloré. Imposible huir. No podían echarme de ese lugar porque entonces el círculo se cerraría del todo y ya no sería un círculo, sino un punto, y eso es lo mismo que decir que no quedaría nada… No, de allí no podría huir…
Lo pensé mejor: imposible huir solo.
-Cariño… huyamos… Esa mujer es una psicópata… Vámonos, te lo ruego…
Pero ella no entendía. ¿Quién era una psicópata? ¿Dónde había que irse? ¿Por qué me había puesto esas zapatillas tan feas?...
Entonces, llegó el desenlace lógico de esta historia sin desenlace:
Pi-pi-pi-pi. Menos mal que estas cosas sólo ocurren en los sueños.
-Cariño.
-Mmmm…
-He tenido una pesadilla…
-¿Es muy larga?
-Había una mujer… una asistenta que quería aniquilarme… en realidad eran dos… bueno, primero yo iba a entrar en una iglesia, pero iba descalzo…
-Tranquilo, cielo, sólo ha sido un sueño. Luego me lo cuentas, ¿vale? He quedado con unas señoras que me van a ayudar con la casa.
Sudor frío.
-¿Sabes cómo se llaman?
-No… no recuerdo. Una tenía un nombre muy raro y la otra no hablaba.
Menos mal que esas cosas sólo pasan en los sueños… Sólo pasan en los sueños. Sólo pasan en los sueños.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













