Desde principios de año estoy afiliado a un sindicato y desde hace unos meses, cuando acepté el nombramiento de delegado sindical, estoy militando más activamente en el mismo.
El sindicato en cuestión es CGT (Confederación General del Trabajo), escisión de la histórica CNT (Confederación Nacional del Trabajo). Su origen se remonta a los años 80, cuando se produjo un debate en el seno de la CNT sobre la conveniencia de presentarse a las elecciones sindicales. Los partidarios de no presentarse apelaban a los principios anarquistas de la organización: el trabajador no debe tener representantes: debe representarse a sí mismo. Los partidarios de presentarse apelaban a la necesidad de estar en cualquier ámbito donde se puedan decidir asuntos importantes para los trabajadores, como son los comités de empresa. Ambas partes, según mi punto de vista, tenían razón. Pero las posturas eran irreconciliables y la disputa acabó con la escisión del sindicato: aquellos que abogaban por estar en los comités formaron el sindicato que acabó llamándose (tras una nueva disputa por las siglas) CGT.
El sindicato siguió (y sigue) proclamándose anarcosindicalista, cuestión que es polémica. Para los más ortodoxos (entiéndase la palabra de la forma más neutra posible, no pretendo criticar dicha postura) el hecho de presentarse a cualquier tipo de elección es incompatible con los principios del anarquismo. Además, a causa de la presencia en los comités de empresa, la CGT recibe cierta cantidad de dinero público en forma de subvenciones (una cantidad que se intenta limitar, por ejemplo rechazando subvenciones por formación), cosa que, según los críticos con la organización, compromete la independencia de la misma respecto al estado. En el aspecto de organización interna, sin embargo, no creo que nadie pueda dudar del carácter anarcosindicalista de CGT. Todas las decisiones son asamblearias, cada sección sindical es independiente y los cargos que existen (también los hay en CNT) son puramente organizativos y no tienen poder de decisión, pues el único órgano de decisión es la asamblea de afiliados. En cuanto a la ideología de la militancia, es mixta. Hay anarquistas en CGT y también gente que se ha acercado al sindicato buscando una alternativa, más honesta y combativa, a los sindicatos mayoritarios, pero que no necesariamente comparten el ideario anarquista. Sin embargo, esta cuestión no me parece excesivamente importante mientras se mantengan las formas de funcionar de la organización. Una organización es anarquista si funciona de manera anarquista. Por lo demás, que cada cual piense como quiera. Tampoco en CNT se exige ninguna ideología concreta a los afiliados: basta con ser trabajador.
¿Pertenezco, pues, a una organización anarcosindicalista? ¿Tenemos derecho a llamarnos así y a usar los símbolos que se suelen asociar al anarquismo? Opino que sí: somos anarcosindicalistas, no sólo anarquistas. Entendemos que nuestro deber es estar ahí donde hagamos falta a los trabajadores y hoy en día, por desgracia, o se está en los comités de empresa o se está al margen de la mayoría de las decisiones. No quiero con esto decir que el modelo de CNT no sea útil en muchos contextos: ahí donde el trabajador está dispuesto a movilizarse por sus derechos, no hace falta un comité. Ahí sólo hace falta un sindicato que organice a los trabajadores y canalice la lucha.
El problema es que hay muchos sectores donde las circunstancias dificultan la movilización de los propios trabajadores. Podría poner mi propio gremio como ejemplo perfecto. Soy informático y trabajo en una consultora. Existen causas objetivas que ponen trabas a la auto-organización. La dispersión es una de ellas: en una misma empresa puede haber trabajadores repartidos en cientos de centros de trabajo (decenas de ellos en una misma ciudad). Por otro lado, la subcontratación es generalizada, lo que hace que se dividan las luchas, ya que el compañero que trabaja a tu lado tenga un contrato con otra empresa, que tenga un convenio distinto y unas condiciones diferentes. Además, hay una razón subjetiva para la desmovilización, concretamente, de los informáticos (y quizá sea la más importante): antes de que se incorporasen al mercado laboral las promociones más numerosas de ingenieros informáticos (más o menos cuando me incorporé yo a la profesión), la demanda estaba desajustada con la oferta, lo que favoreció a los trabajadores durante unos años. No existía paro. Si las condiciones de trabajo no te gustaban, no había ningún problema en irte a otra empresa. Los salarios eran relativamente altos y se actualizaban periódicamente... En esas circunstancias, la respuesta de los trabajadores (perfectamente razonable en aquellos años) ante cualquier tipo de explotación laboral no pasaba por la solidaridad, la lucha obrera o los sindicatos, sino por la solución individual. Hace años que cambiaron radicalmente las cosas: hoy somos obreros del teclado. Y no es algo que viniera con la crisis (y por lo tanto no se irá con las "raíces vigorosas"): como decía arriba, el cambio se produjo antes, con la incorporación de promociones más numerosas. Hoy en día sí tiene sentido el movimiento obrero... pero perduran las mentalidades individualistas heredadas del período dorado de la profesión. Nada extraño: es ley universal que las mentalidades cambian más lentamente que las circunstancias.
En tales casos, ¿tiene sentido el sindicalismo anarquista? Creo que sí, y opino que el camino que sigue CGT (al menos en los casos que conozco, como por ejemplo la sección sindical a la que pertenezco) es correcto. Estar en los comités pero seguir convocando asambleas de trabajadores para que aquello que se lleve a las negociaciones con la empresa sea la voz de los trabajadores. Hacer pedagogía, tratar de convencer a los compañeros de trabajo de que nadie puede defenderles mejor que ellos mismos, y brindarles el sindicato como herramienta para hacerlo. Consultando lo más posible e informando con total transparencia para que nadie sienta que se están haciendo cosas a sus espaldas.
Y en eso estamos.
Una maldición china dice: "¡Que vivas en tiempos interesantes!" Nos ha tocado
viernes, 31 de octubre de 2014
viernes, 17 de octubre de 2014
Brave New World
Estos tiempos que nos ha tocado vivir son una sorpresa constante, un asombro diario, una exaltación continua. Vivimos de asombro en asombro como Alicia en el País de las Maravillas pero sin el inquietante grito de la reina de corazones ("¡Que le corten la cabeza!") porque en este mundo los naipes no hablan y las cabezas se suelen cortar en silencio. El caso es que, como dice el dicho, los tiempos adelantan que es una auténtica barbaridad. Y por supuesto donde más adelantan es en esa meca de los jovenzuelos guapos, listos y ricos, de la moda desenfadada y de al innovación tecnológica; in the land of the free and the home of the brave, of course, pero más concretamente en un lugar que si fuera un monte sería el Olimpo, pero es un valle: Silicon Valley.
Apple y Facebook pagarán la congelación de óvulos de sus empleadas
¡Por fin las trabajadoras americanas podrán liberarse de las esclavitudes biológicas para dedicarse en cuerpo y alma a alcanzar el éxito profesional! Tan sólo se les pedirá a cambio (y es justo, pues la empresa ya paga la carísima congelación de los óvulos) que congelen sus vidas. Además, ¿no lo han hecho ya sus colegas varones? ¿Y no envidian ellas las altas cimas a las que han logrado escalar a base de olvidarse de que existe algo llamado tiempo libre? ¡Pues cómo no van a envidiarles!
No debemos temer a las innovaciones. Al fin y al cabo, dicen que si no se rompe la cadena del frío, la vida no tiene por qué sabernos a congelado.
Tan sólo esperemos que no se quede aquí la cosa. La idea de congelar a diestro y siniestro tiene muchísimo potencial y sería una lástima que nos conformáramos con los óvulos. Así de repente se me ocurre que se podría congelar a los parados hasta que hubiera trabajo para ellos.
¡Oh tiempo nuevo y feliz! Preñado estás de promesas (sin que por ello tengas que pedir permiso de maternidad).
jueves, 25 de septiembre de 2014
El bucle de los Almenos
La primera parte es la más fácil. Seguro que ya lo has hecho. Acércate a un trabajador esclavizado por un trabajo de mierda y dile:
- Al menos tienes trabajo.
Luego viene la parte difícil. Ahora busca un parado. No, eso no es lo complicado. Al menos no en este país... Pero, una vez localizado, tienes que armarte de valor para decirle lo siguiente:
- Al menos no estás muerto.
Quizá te mande a la mierda, pero debes insistir. Dile que los muertos están bajo tierra y él (o ella) caminará bajo el sol (aunque tengas que plagiar a Rimbaud). Al final acabará reconociendo que es mejor estar vivo.
El resto ya viene rodado. Sólo tienes que acercarte a un cementerio y decir a cualquier tumba:
- ¡Al menos no estás esclavizado en un trabajo de mierda!
Si has tomado la precaución de elegir una tumba que en ese momento no esté siendo visitada por ningún familiar, no tendrás ningún problema. Los muertos son dóciles y resignados. Son silenciosos. Y, ya se sabe, el que calla otorga.
En ese momento, habrás completado el bucle de los Almenos. Puedes volver a tu casa y seguir viviendo tu vida, y podrás resignarte a no ser feliz gracias a la seguridad que acabas de adquirir de no ser infeliz.
- Al menos tienes trabajo.
Luego viene la parte difícil. Ahora busca un parado. No, eso no es lo complicado. Al menos no en este país... Pero, una vez localizado, tienes que armarte de valor para decirle lo siguiente:
- Al menos no estás muerto.
Quizá te mande a la mierda, pero debes insistir. Dile que los muertos están bajo tierra y él (o ella) caminará bajo el sol (aunque tengas que plagiar a Rimbaud). Al final acabará reconociendo que es mejor estar vivo.
El resto ya viene rodado. Sólo tienes que acercarte a un cementerio y decir a cualquier tumba:
- ¡Al menos no estás esclavizado en un trabajo de mierda!
Si has tomado la precaución de elegir una tumba que en ese momento no esté siendo visitada por ningún familiar, no tendrás ningún problema. Los muertos son dóciles y resignados. Son silenciosos. Y, ya se sabe, el que calla otorga.
En ese momento, habrás completado el bucle de los Almenos. Puedes volver a tu casa y seguir viviendo tu vida, y podrás resignarte a no ser feliz gracias a la seguridad que acabas de adquirir de no ser infeliz.
martes, 29 de julio de 2014
Capilla de San Stewart Adams
San Stewart Adams Ibuprofeno
San Estuardo prodigioso,
Con sentimiento profundo
Todas las muelas del mundo
Cantan tu nombre glorioso.
viernes, 11 de julio de 2014
Luto pálido
Hojeando tus cuadernos
¡cuántas páginas en blanco!
Esperaban tus palabras
y en la espera se quedaron.
Casas son sin habitantes
o pueblos deshabitados,
sin temores ni esperanzas
ni alegrías ni embarazos;
son lugares donde callan
las risas y los enfados,
los suspiros del amante
y los ruidos de los pasos.
Son escenarios vacíos,
son solares desolados,
desnudos de dicha y pena
y desprovistos de abrazos.
Tristes páramos sin vida,
sin placeres ni trabajos,
sin dolor y sin amores,
sin calor, son hielo amargo.
Son partículas de nada,
son el tiempo que has dejado
sin vivir, tiempo que sobra,
tan pesado y tan liviano.
Aunque sigan en la rama,
hojas son de otoño estático:
sin la savia de tus versos
sólo son muerte y pasado.
¡Más les valdría caer
si ya se ha quedado el árbol
despojado de alimento
y dejado de tu mano!
Si me atreviera a arrancarlas
al menos serían pájaros
o barquitos de papel
navegando hacia el ocaso.
Intento leer en ellas
el tiempo que te robaron
el azar, la vida, el cáncer
y tus órganos cansados.
Vislumbrar siquiera intento
el mundo del otro lado,
el reverso de la vida,
el lugar al que has marchado,
y leer que estás feliz,
que el más allá es de tu agrado,
que te dan bien de comer:
ambrosía y un helado.
Las cuadrículas vacías,
su callar cuadriculado,
no se apiadan... ¡ni se inmutan!
Y todo resulta vano.
¡Ay blanco de mi tristeza
sobre ti derramo el llanto!
Que mis lágrimas te mojen
y empañen tu luto pálido.
¡cuántas páginas en blanco!
Esperaban tus palabras
y en la espera se quedaron.
Casas son sin habitantes
o pueblos deshabitados,
sin temores ni esperanzas
ni alegrías ni embarazos;
son lugares donde callan
las risas y los enfados,
los suspiros del amante
y los ruidos de los pasos.
Son escenarios vacíos,
son solares desolados,
desnudos de dicha y pena
y desprovistos de abrazos.
Tristes páramos sin vida,
sin placeres ni trabajos,
sin dolor y sin amores,
sin calor, son hielo amargo.
Son partículas de nada,
son el tiempo que has dejado
sin vivir, tiempo que sobra,
tan pesado y tan liviano.
Aunque sigan en la rama,
hojas son de otoño estático:
sin la savia de tus versos
sólo son muerte y pasado.
¡Más les valdría caer
si ya se ha quedado el árbol
despojado de alimento
y dejado de tu mano!
Si me atreviera a arrancarlas
al menos serían pájaros
o barquitos de papel
navegando hacia el ocaso.
Intento leer en ellas
el tiempo que te robaron
el azar, la vida, el cáncer
y tus órganos cansados.
Vislumbrar siquiera intento
el mundo del otro lado,
el reverso de la vida,
el lugar al que has marchado,
y leer que estás feliz,
que el más allá es de tu agrado,
que te dan bien de comer:
ambrosía y un helado.
Las cuadrículas vacías,
su callar cuadriculado,
no se apiadan... ¡ni se inmutan!
Y todo resulta vano.
¡Ay blanco de mi tristeza
sobre ti derramo el llanto!
Que mis lágrimas te mojen
y empañen tu luto pálido.
martes, 8 de julio de 2014
Tempus fugit
Anoche
soñé que despertaba y decía: “¡Qué horrible sueño! He soñado que me hacía mayor
y llegaba a tener 36 años. ¡Nada menos! Y decía cosas como: bien, me tomaré una
copa, pero sólo una, que si no me emborracho. En lugar de hacer lo que un buen
chaval de veinte años, que es lo que soy, hace en tales circunstancias, que es
rascar los bolsillos en busca de monedas preguntándose para sus adentros si
tendrá suficiente dinero para emborracharse. Soñé que hacía muchas cosas
sensatas, lo cual es una locura. Respetaba a las autoridades, obedecía casi
todas las leyes y era un miembro respetable de la sociedad. Soñé que cuidaba mi
salud, me esforzaba por conservar un puesto de trabajo, incluso que, algunas
noches, llegaba a dormir ocho horas o que, algunos días, siguiendo los consejos
de médicos y nutricionistas, comía cinco piezas de fruta y bebía dos litros de
agua. ¡De agua! Y eso no es lo peor… ¡Las nieves del tiempo, qué hijas de puta!
Plateaban mi sien. Y yo, pobre de mí, quería evitarlo, pero no fui capaz: sí,
les di la satisfacción, a esas malvadas nieves del tiempo, de cantarles un
tango. ¡Yo no quería, lo juro! Yo ahí, con la frente marchita, cantando como
Gardel pero sin su voz aterciopelada. Y las nieves del tiempo, las muy
cabronas, riéndose a carcajadas. ¡Ha sido horrible!”…
Todo
esto se lo contaba a mi novia, pero de pronto me di cuenta de que no la
conocería hasta los 28 años. Me dio mucha pena tener que esperar tanto para
conocerla, y además dejar la cuestión de nuevo al azar de esta vida azarosa.
Podría acabar con otro tipo y no me fío de todos esos tipos que insisten en no
ser yo. Cayeron copiosas lágrimas de mis tristes ojos, que fluyeron por mi
camisa, luego por mis pantalones, para luego caer en cascada al suelo, fluir
por la habitación y a continuación por el pasillo, para finalmente perderse
quién sabe por qué derroteros hasta llegar a la mar, que es el morir. Así que
decidí despertar de verdad.
“¡Vaya
sueño!” dije en voz alta. “Soñé que tenía veinte años y volvía a ser alocado e
irresponsable. Te hablaba a ti, pero no estabas y me dio tanta pena que tuve
que despertar”.
De
nuevo hablaba con mi novia, que no estaba porque se había ido a pasar unos días
en casa de sus padres, en un pueblecito de Huelva. Que es como irse a pasar
unos días al fin del mundo, sólo que en lugar de abrirse el abismo infinito un
poco más allá, está Portugal, que no es ningún abismo infinito porque dónde se
ha visto que se fabriquen toallas en un abismo infinito.
La estancia
vacía callaba ante mis confesiones (en realidad no estaba vacía del todo:
contenía aire, algo de mobiliario y tiempo, una cantidad indeterminada de
tiempo, aparte de a un servidor, claro está, único habitante de la habitación y
del tiempo contenido en ella). Bien es verdad que no le había hecho ninguna
pregunta directa, pero si lo hubiera hecho dudo mucho que el resultado hubiese sido diferente. Las habitaciones son
gente callada, cosa que se agradece sobre todo por las noches.
Desde
las sombras (que aguardaban pacientemente en las esquinas a que llegase la hora
de invadir toda la habitación) caían sobre mi cabeza, blandamente y en
silencio, pensamientos mustios. ¿Cuándo dejé de tener veinte años? El día que
cumplí 21, claro… Pero la cosa no había empezado ahí. El día que cumplí veinte
años, dejé de tener 19… y el anterior dejé de tener 18. El mismo día de mi
nacimiento había empezado esto. Nueve meses antes según la Iglesia Católica y
otros que consideran que desde la concepción ya ha comenzado uno a morir y por
lo tanto hay que dejar que uno lo haga solito, sin ayudas externas.
Nuestras
vidas son los ríos, en efecto. Con la misma loca e irreflexiva alegría se lanza
uno ladera abajo en la niñez y la juventud, no porque uno tenga prisa por
llegar a ningún lugar, sino por el puro placer de precipitarse localmente en
una insensata carrera hacia la muerte.
Maduramos (es decir, envejecemos) y nos convertimos en ríos solemnes,
anchos, aparentemente pausados. Como si nos hubiéramos dado cuenta de que todo
esto acaba en la mar que es el morir y quisiéramos detener la marcha, ya
imparable, de las aguas. Si uno se pone bizco mirando tales ríos, desaparecen
las olitas que delatan el movimiento. ¡Pura apariencia, engaño de los sentidos!
Es lo que tiene ponerse bizco. Las aguas
siguen su camino, siempre fluyen, frustrando las esperanzas del bañista que
quería volver a nadar en el mismo río, buscando el mar y, al final,
suicidándose gota a gota. Si el agua soñara, seguro que también alguna noche volvería
a brincar de roca en roca…
“¡Tempus
fugit, amor mío! Cuando vuelvas del pueblo, tenemos que echar un carpe diem”,
dije en voz alta antes de volver a dormirme.
miércoles, 2 de julio de 2014
Un crimen perfecto
Levantó la cabeza del ordenador y miró alrededor. Era el momento. No había nadie en la sala, y era probable que no quedara casi nadie en todo el edificio. Se levantó y caminó hacia los aseos. Nada sospechoso. Miró hacia atrás de nuevo cuando estaba en el pasillo que llevaba a los baños, y también al cuarto de la fotocopiadora. Se iban a enterar. Se detuvo antes de llegar a los aseos. Volvió a mirar alrededor: todo tranquilo. La oficina tenía un aire fantasmal, toda vacía y con toda esa luz fluorescente. Esos negreros se iban a enterar. Hora tras hora de trabajo, mal pagado y ni siquiera agradecido. Horarios imposibles, exigencias desatinadas, todo, todo se lo iban a pagar. Entró sigilosamente. Al lado de la máquina estaba el botín, en una caja de cartón. Sería fácil, y ni siquiera se enterarían. Cogió un taco de folios y sopesó la cantidad. Cogió otro poco más. Un golpe perfecto.
Con una sonrisa irreprimible en los labios, salió del cuarto con el botín del atraco bajo el brazo. Ya estaba llegando a su sitio cuando se abrió la puerta de la oficina. Era su jefe.
- Vaya, Fernández, sigue usted trabajando a estas horas.
- En efecto, jefe - dijo y se sentó, dejando los folios al lado del ordenador. - Ya me iba. Usted también está teniendo un día largo, por lo que veo.
- Sí, así es. Aunque yo también me iba. Es que me he dejado las llaves del coche.
- Vaya. Buenas noches. - concluyó, mientras cerraba frenéticamente aplicaciones de ofimática, el navegador de Internet, las herramientas de gestión y otras cosas igual de poco estimulantes.
- Buenas noches, Fernández.
En el coche, camino a casa, escuchó la Cabalgata de las Valquirias y Así Habló Zaratustra, porque era la música más triunfal que tenía en el iPod.
Al día siguiente fue despedido de su trabajo por robar material. Él ya había empezado a usar los folios (y empezó a usar el tiempo libre tras la pérdida del empleo) para escribir la novela que le haría famoso.
"Me encanta que los planes salgan bien" dijo, y se encendió un puro.
Con una sonrisa irreprimible en los labios, salió del cuarto con el botín del atraco bajo el brazo. Ya estaba llegando a su sitio cuando se abrió la puerta de la oficina. Era su jefe.
- Vaya, Fernández, sigue usted trabajando a estas horas.
- En efecto, jefe - dijo y se sentó, dejando los folios al lado del ordenador. - Ya me iba. Usted también está teniendo un día largo, por lo que veo.
- Sí, así es. Aunque yo también me iba. Es que me he dejado las llaves del coche.
- Vaya. Buenas noches. - concluyó, mientras cerraba frenéticamente aplicaciones de ofimática, el navegador de Internet, las herramientas de gestión y otras cosas igual de poco estimulantes.
- Buenas noches, Fernández.
En el coche, camino a casa, escuchó la Cabalgata de las Valquirias y Así Habló Zaratustra, porque era la música más triunfal que tenía en el iPod.
Al día siguiente fue despedido de su trabajo por robar material. Él ya había empezado a usar los folios (y empezó a usar el tiempo libre tras la pérdida del empleo) para escribir la novela que le haría famoso.
"Me encanta que los planes salgan bien" dijo, y se encendió un puro.
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